—Imposible parece que no te hagas cargo. El verano pasado tu madre y ella intimaron mucho. Carmiña Aldao, ¿no sabes? Carmiña Aldao... de Pontevedra.

—No la conozco. El nombre me suena. Mi madre me escribiría algo, tal vez... No sé. Como el verano pasado no tuve yo vacaciones...

—¡Hombre, verdad! Pues es la chica de Aldao, hija del dueño de aquella finca bonita que se llama el Teixo, por un árbol enorme...

—¿Es única esa señorita? —pregunté incisivamente, pensando que tal vez el interés era el móvil de la boda.

—Única, no... Tiene un hermano, establecido en Pontevedra también.

—Nada; pues no la conozco —repetí—. Pero si se casa con usted ya tendré tiempo de tratarla.

—¡Vaya! naturalmente. Como que te convido a la boda, muchacho. Te vienes conmigo así que te examines. La cosa no será hasta el día del Carmen, y de aquí hasta esa fecha aún he de buscar casa y amueblarla... conque ya ves.

—¡Ah! ¿Se establecen ustedes en Madrid?

—Sí... Es gusto de la novia. Te llevo, ya lo sabes. Nos casaremos en el Teixo. Mira, yo no sé cómo lo tomará tu madre... Sabes que gasta un genio demasiado vivo... ¡Qué prontos los suyos! Si escribes, dila que no perderá nada con mi casamiento. Hasta que acabes tus estudios...

—No le pregunto a usted semejante cosa —exclamé; y por segunda vez tembló en mi mano la copa de Champagne.