—Pues te lo digo yo; no atufarse, que no hay de qué. Soy dueño de mis acciones, y al casarme a nadie ofendo.

—¿Quién habla de ofensas? —prorrumpí sintiéndome palidecer a impulsos de un acceso de ira, que me impulsaba a arrojarme sobre aquel hombre.

—Como lo tomas así...

—No lo tomo así... ni asado. Usted es libre, y si algo hace usted por mí es que quiere hacerlo. Y además, me alegro de que se promoviese esta conversación, para decirle que el dinero que con mi carrera está usted gastando, lo reembolsaré o poco he de vivir.

Mi tío se demudó algo. Sus labios se contrajeron y sus pupilas destellaron una chispa de cólera.

—Si no fueses un chiquilicuatro, me daban ganas de responderte una barbaridad. Lo que se hereda no se hurta. Sales a tu padre; más desagradecido y descastado no lo hubo.

—Hágame usted el favor de no sacar a colación a mi padre, porque no lo aguantaré —repliqué conteniéndome para no arrojarle una botella a la cara.

—No saco a tu padre sino para decir que uno siempre tratando de seros útil... y vosotros siempre dando bufidos. En fin, yo no había de casarme sin participártelo; ya veo que te ha sabido mal... Hijo, paciencia. No era cosa de consultarte antes... La cuenta, mozo —añadió hiriendo con el cuchillo la copa.

Habíamos alzado la voz, y en las mesas próximas algunos rezagados volvían la cabeza y se fijaban en nosotros. Me entró vergüenza, y ceñudo, sombrío, sacudí las migajas de la solapa e hice ademán de levantarme. Me causaba sofocación ver al tío, que sobre el papelito de la nota depositaba un billete de a cincuenta. Aquel billete, a costa de mi sangre desearía yo haberlo sacado del bolsillo. Respiré algo (puerilidades) cuando ví que del billete devolvieron bastante plata. Sentiría haber hecho mucho gasto. Con la uña del índice, mi tío empujó hacia el mozo dos realillos, y levantándose, descolgó su sombrero de la percha, diciendo secamente: «Vamos». Pero al salir a la luz del sol desde la lobreguez de los comedores de Fornos, se dominó, volvió sobre sí, y con aquella ductilidad que le caracterizaba en su negocios y enredos políticos, me alargó la mano, diciendo casi en broma:

—Cuando estés de mejor temple vé por casa... Tengo ganas de enseñarte el retrato de tu futura tía.