Me recogí a mi posada de un humor perro, descontento de mí mismo, y sin poder interpretar las causas de mi desazón profunda. Toda la tirria que profesaba al tío Felipe no me impedía reconocer que, en aquella ocasión, no era él quien se había portado mal. Lo confirmó Luis, cuando a la noche, habiéndome preguntado la causa de mi tristeza, se la descubrí. «Pues chacho, el tío estuvo correctísimo y tú impertinente. Que algún día se había de casar, ya podías tenerlo tragado...»
—¡Si me importa un pepino que se case! —exclamé dolorido—. ¿Qué me va ni me viene en eso?
—¡Algo te va y te viene, corcho! —replicó el sesudo orensano—. Algo le va y le viene a todo sobrino en que se case su tío carnal, solterón, único hermano de su madre... ¡Tanto te va y te viene, que te joroba el bodorrio! Pero como no puedes evitarlo, hay que poner a mal tiempo buena cara, y sacar de la situación el mejor partido posible. Transige, rapaz, que vivir es transigir.
—Déjame de oportunismos. ¡Allá él, y así reviente!
—Ten juicio. ¿Que tu tío se casa? Pues paciencia, y a congraciarse con la tiíta... Cuanto más que es una chica muy simpática.
—¿Tú la has visto?
—Verla no. Pero estando en Villagarcía el año pasado, cuando tomé los baños de mar, me hablaron de ella unas cursis de Cambados. Me acuerdo perfectamente.
—¿Y qué te dijeron?
—Cosas buenas. Que era guapa, y que tocaba el piano muy bien, y que a su padre le iban a hacer marqués, y que la finca es regia. El padre tiene monises.
—Y ¿cómo carga con mi tío una mujer así, rica, guapa, joven? ¿Cómo no prefiere un convento?