—Calla, loco. ¿Qué tiene de despreciable tu tío? Es mozo de cuenta: influye en la provincia punto menos que don Vicente; ha desempeñado puestos; va para personaje. Déjate de chiquilladas. Asiste a la boda, sé amable con la tiíta. No te presentes quejoso, que te saldrá peor.
—¡Dale! El que te oyese y no conociese mi carácter pensaría que yo estaba codiciando herencias, y que he sufrido un desencanto al ver que se me escapan...
—¡No se trata de eso, corcho! —insistió mi amigo formalizándose—, no te digo que seas capaz de hacer ninguna porquería por interés; si es tu herejía... ¡niegas la divinidad del dinero! Lo que te digo es que mientras no acabes la carrera, de tu tío no puedes prescindir, y como me figuro que no querrás quedarte en la estacada... ¡a transigir! ¡Mucho ojo!
Así que trascurrieron algunas horas empecé a sospechar que mi amigo tenía razón; y como nuestros errores se nos descubren cuando los cometen otras personas a quienes consideramos inferiores en capacidad y cultura, yo entendí el desacierto en que había incurrido después de leer una epístola que a los pocos días me trajo el cartero. Conocí la letra del sobre, y al tomarlo en las manos comprendí por su volumen que venía preñado de quejas furiosas, de esas que brotan de la pluma o del labio en momentos críticos, al choque de inesperados sucesos. Para no ser interrumpido en la lectura, me fuí en busca de la paz y sosiego de un cafetucho próximo a mi vivienda, a tales horas. El mozo, después del consabido «¿qué va a ser?» me trajo una chica alemana y me dejó dueño de ella. Bebí el primer trago, con su espumita, y saboreando el grato amargor del fermentado lúpulo, me eché al cuerpo los tres pliegos de letra española, clara y menuda, con algunos deslices ortográficos de menor cuantía, en especial redobles de erres, indicio de la vehemencia del carácter, y sin asomo de puntuación ni división de períodos con párrafo aparte o mayúscula, lo cual, aunque parezca raro, presta a este género de cartas iracundas y femeniles cierta enérgica monotonía y rapidez que duplica su efecto. Lo que yo me figuraba: una diatriba feroz contra la boda del tío Felipe, exornada con datos históricos, algunos enteramente nuevos para mí. Puedo reproducir aquí varios fragmentos, sin añadir punto ni coma, ni desenredar la gramática, ni quitar repeticiones.
«Ya ves Salustiño tantos trabajos como pasa una pobre madre y sin más esperanza que conseguir verte bien colocado y que seas alguien hoy o mañana y la esperanza principal lo que pudiese dejarte el fantasmón de tu tío, que buena obligación tenía de hacerlo si tuviese conciencia lo peor de todo que tendrá chiquillos y ya tú te quedas abriendo la boca sin lo tuyo aunque lo llamo lo tuyo no digo ningún disparate pues has de saber para tu gobierno que tu tío en las partijas de la legítima de mi papá que mi mamá no tenía sobre qué caerse muerta, pero papá dejó una herencia bien bonita, y tu tío se la mamó casi toda y a mí me dejó casi por puertas yo no sé como lo envolvió ni como armó la rratonera que a mí me tocaron cuatro corroscos duros y él se comió la miga bien blanda, no sé como me dejó la Ullosa fué un milagro, él arrebató las casas y solares de Pontevedra que luego hizo con el Ayuntamiento un buen guisado ahí se achinó valientes chanchulleros así que cuando murió tu padre que buenas desazones le dió Felipe porque era habilitado del clero y lo comprometió de mala manera, tú no acuerdas eso que eras pequeñito cuando murió tu padre que en gloria esté, pues yo entonces le dije con mucha dignidad Felipe una cosa es ser buena hermana y otra pedir limosna, yo hoy tengo un hijo y puede decirse ni pan que darle yo te hablo muy claro, voy a rrevisar las partijas aquí hubo engaño, yo así no puedo vivir como voy a dar carrera al pequeño, y él va y me contesta muy foncho no te apures yo no te abandono carrera no ha de faltarle la mejorcita se le buscará dejate de pleitos que son la ruina de las casas y el engordar de la curia calla boba que para quien ha de ser lo que yo tenga al otro mundo no me lo he de llevar y casar no me caso cásese el demonio buey suelto bien se lame te puedo jurar que así dijo tu tío que yo no mudo ni una palabra.»
Sin duda, al llegar aquí, la necesidad de los signos de puntuación se le impuso a mi madre con repentina fuerza, y para no hacer a medias las cosas plantó una carrera de puntos suspensivos y dos admiraciones reunidas.
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«¡¡ay hijo quien fia de palabras de hombres sin rreligión y sin conciencia ahora sale con la pata de gallo de que se casa le entró derrepente no sé que vió en la chica de Aldao es bastante feita y salud poca y de buenos principios no sé como andará en su casa vé bastantes malos ejemplos su padre metido con la doncella que fué de su madre desde hace mil años y en la casa otras dos chiquillas no se sabe si hijas o sobrinas de la pindonga tanto que la chica dicen que carga con tu tío sólo por salir de aquel infierno que la tratan a patadas que no le dan de comer pues no sé tu tío Felipe como la tratará de mala casta viene que sacó la estampa de los judíos en la procesión del Jueves Santo a mi me da verguenza ser hermana suya ya por algo lo señaló Dios que también lo ha de castigar acuerdate de lo que digo que yo me entiendo Dios es muy justo y quieren que vayas en las vacaciones a ver la preciosidad del casorio bonito mamarracho estará si no me tienta el diablo a traer a casa la tal Carmiña Aldao el otro verano no sucede esta trapisonda lo que es yo brillaré por mi ausencia y contigo veremos como se portan si te deja plantado hemos de rrrevisar la partijita que habrá sapos y culebras de mi no se burla tu tío soy capaz de pleitear hasta soltar la camisa.»
Entre trago y trago de cerveza fuí apurando la carta. Su lectura obró en mí efectos contrarios a los que se proponía mi madre. Los manejos del tío para mermar mi herencia; aquello de la partijita, en vez de causarme justificada indignación, me sosegó el espíritu. Me alegré de tener contra el tío motivos de queja y no de gratitud, y enterado ya de su mal porte, parecióme que se aplacaba de la punzada dolorosa de mi mortal antipatía. No le debía nada; al contrario, era su acreedor. Podía detestarle menos.
Sin dilación escribí a mi madre una misiva prudentísima. Encargaba moderación, insistiendo en lo inverosímil de que mi tío, habiéndonos ayudado hasta entonces, nos dejase a última hora abandonados, e indicaba cuán vana e inútil me parecía toda clase de reivindicaciones. Los hechos consumados debían respetarse: un pleito nos conduciría a la ruina. Era insensatez figurarse que un hombre robusto, en la fuerza de la edad, se mantendría soltero por cumplirnos el antojo. Unas palabras al aire no podían obligar a celibato perpetuo. Respecto a asistir o no asistir a la ceremonia... ya veríamos. Entretanto, serenidad y calma.
Leí la carta a Portal, que la aprobó con encomiásticas frases. «Ese es el camino, transigir, contemporizar, sortear los escollos... Así me gusta, que sigas mi sistema, y que te conformes, al menos exteriormente; el interior nadie lo ve...»