—¡Si es que ni por dentro ni por fuera me importa que mi tío se case! ¿Cómo se dicen las cosas? —exclamé lastimado. Portal, a medio convencer, meneaba la cabeza, y yo añadí—: Mamá asegura que es fea la novia de mi tío.
—¡Sabe Dios! Puede que sí... y más vale. Es peligrosa una parienta tan próxima... muy bonita. En cambio el nombre me seduce: ¡Carmiña Aldao! ¿no te gusta? Suena a caricia. Debías captarte el cariño de esa señora —aconsejó Portal después de unos minutos de silencio—. Es la gran idea. Que te quiera a ti, chacho... No lo digo por mal... Que te quiera como a un hermano... o como a un hijo... ¡o como a lo que te dé la gana! En fin, arréglate para que te quiera. Hazlo con disimulo, con habilidad, sin ruído ni escándalo. El tío tiene ya los espolones duros. La edad de ella encaja mejor con la tuya... Pero ojo ¡rapaz! tú eres así... romanticón, a lo joven Werther... Cuidadito, no haya drama de familia. ¡Nada de asuntos para Echegaray! Seriedad, y las cosas... a la patalallana.
V
Saltaré los incidentes de fin de curso y exámenes, pues al lector que más se interese por mis futuros destinos le bastará saber que aquel año aprobé mis asignaturas: las tenía corrientes como una seda. El zamorano logró la misma suerte. No así Portal y Trinito que en algunas fueron perdigones. El cubano lo tomó con la filosofía de su indolencia; Portal en cambio, se arrancaba los pelos, echando la culpa a ojeriza del profesor, a recomendaciones e influencias manejadas por otros alumnos, y cuyo resultado práctico era jorobarle a él. «Me han partido por el eje, me han triturado», repetía el infeliz, totalmente fuera de quicio, olvidado de aquella su benigna teoría de los acomodamientos, las transacciones, las conformidades y las esperas. Su pachorra se convertía en furia. ¡Tan seguro estaba él de llevarse de calle aquel demontre de año!
Dejéle dado a Barrabás, y me dirigí a ver a mi tío con el fin de participarle la buena nueva. Llenaba mi pecho cierta satisfacción a la vez dulce y airada: parecíame cada paso adelante una victoria sobre el detestable protectorado, un eslabón menos de la cadena. Vivía D. Felipe en el Hotel de Embajadores; pero el portero me dijo con aire de persona bien informada: «A estas horas suele estar en la casa nueva... Lo que es aquí para bien poco. ¿No sabe el señorito? La casa que tiene alquilada... sólo que no duerme en ella todavía... ¿Las señas? Pues Claudio Coello, número...»
Bajé hasta la Puerta del Sol, salté al tranvía del barrio, y descendí casi a la puerta del nuevo domicilio. Subí al piso, un segundo que tenía primero y principal, y era en consecuencia y en efectivo un tercero. No necesité oprimir el botón de la campanilla, pues la puerta estaba de par en par, y en el recibimiento un esterero, sentado a lo moro, cosía con inmenso agujón tiras de fina estera de cordelillo. A mi tío, que se paseaba en una salita bastante espaciosa y muy desmantelada de muebles, le sorprendió gratamente mi presencia.
—¡Hola!... ¡farandulero! ¡Tú por aquí! Entra, pasa, que lo verás todo.
—Me han dicho en el Hotel las señas... Vengo a participarle a usted...
—Pero entra, con mil pares; quiero que des tu opinión... A ver, ¿qué te parece de la casa? ¿Eh? bastante comodidad para el precio. Como la calle no es muy céntrica... La sala está todavía en el estado de la inocencia: no han traído el entredós, ni el espejo grande, ni las colgaduras. Con los tapiceros es desesperarse. El gabinete y la alcoba ya están más adelantados. Pasa, pasa...