La juerga iba siendo redonda. Mi tío se corrió a soltar otros tres pesos; Cinta bajó distintas veces, ya por chuletas, ya por una ensaladita de langostinos, ya por dulces, ya por fruta; a última hora, sangría nueva para café y licores; en fin, se juntó una apetitosa comida-cena. La vieja debió de engullirse sola, allá en la cocina, la cazuela de arroz con almejas que pensaban cenar todas, pues este plato casero no salió a relucir.

De aquella madriguera diabólica no nos evadimos hasta las tres y media. Por la mugrienta escalera nos alumbró la mamá, amparando con la mano un reverbero de petróleo, que sacaba flecha de apestosa luz: y cuando nos vimos en la calle, la primera bocanada de aire relativamente puro me sorprendió como el despertar de un sueño. En cuanto a don Felipe, se relamía. «¿Qué tal las gachís? ¿Eh? Son de lo que no se gasta por nuestra tierra. ¿Cuál prefieres? ¡Ah, claro, la Belén es de órdago! ¡Qué esto, y qué aquello, y qué lo otro tiene la indina! ¡Por supuesto, me figuro que tú eres un hombre formal, y... chitón! De estas pavas que uno corre por aquí no conviene que se enteren allá; son guasas inocentes, que a nadie perjudican. Hay que pasar el rato, chico, por lo mismo que va uno a entrar en otro estado muy diferente... Una cana al aire siempre gusta echarla. Y la Belén y la Cinta no son de las más exigentes, aunque si pueden, todo el día ha de estar uno chorreando pesetillas».

—¿Por qué no les dió usted desde luego un billete o dos? Mejor fuera eso que regatear el duro ahora y el duro después.

—¡Psstt! ¿Tú por lo visto eres algún príncipe ruso? Pues con estas pájaras, si abre uno la mano... Si acierto a enseñarles la cartera... Hasta me había pesado llevarla, porque, en estas historias puede ocurrir...

Se detuvo de repente, completamente disipados los vapores del Jerez, alarmadísimo, y echando con precipitación mano al gabán, exclamó:

—Pues... mi cartera... lo que es mi cartera no va aquí... ¡Demonios coronados! No está, no está... ¡Aquellas tías ladronas me la habrán cogido! Tres billetes de a cien nada menos... ¡Centellas! ¡Chispas! Que no está, te digo... ¡Vamos a sacársela!

—Mire usted bien... —murmuré disimulando a duras penas el asco—. Mire usted... ¡Robada! ¡Qué disparate! Por aquí se me figura que abulta el sobretodo...

Respiró profundamente: la cartera había parecido. La palpó gozoso y se detuvo bajo la luz de un farol para asegurarse de que el contenido estaba intacto. Recobrado el buen humor, y registrando en los rincones de la cartera añadió:

—Y para más, iba con el dinero el retrato de mi novia. Buena se armaba si me lo pillan. La Belén es muy capaz de picarle los ojos con un alfiler de a ochavo.

Me alargó la fotografía. Era chica, de tarjeta, y ví un rostro juvenil, un peinado sencillo, que descubría una frente ancha y convexa, y unos ojos vivos, con un rayo de pasión y voluntad que me sorprendió, pues yo me figuraba a la novia de mi tío apagada y dulce, sometida a todas las imposiciones por su pasividad. Lo que no la encontré fué tan fea como aseguraba mi madre. Tenía una de esas caras que, sin irradiación de belleza, atraen la mirada segunda vez.