Dejé a mi tío a la puerta de su hotel y me recogí a horas ya no muy distantes de la del alba. ¡Lo que me mareó Portal al día siguiente! Me olfateaba la ropa y luego me pellizcaba, exclamando: «¡Ah trucha, perdis, apunte! ¡Odor di femina!» De repente soltó la carcajada. «¿Qué es esto?»

En la pierna izquierda de mi pantalón había pegadas dos cabecitas de angelote, una rosa, una vara de azucenas, y no sé qué atributos más. No hubo remedio sino cantar de plano y hacer una descripción fiel, circunstanciada y tentadora de las artistas en cajas de dulce.


VI

¡Con qué gusto emprendí el viaje hacia Galicia! En Madrid calor asfixiante ya, y en la tierra aire fresco, saturado de campestres aromas. Parecíame como si nunca lo hubiese respirado y mis pulmones resecos necesitasen, para funcionar en las condiciones fisiológicas normales, aquellas partículas de humedad deliciosa. No soy de los gallegos que sienten la morriña; sin embargo, el primer grupo de castaños que se perfiló en el horizonte me pareció un amigo que con acento de bienvenida me saludaba.

Mi madre estaba en la Ullosa, y allá fuí derecho, parte por el coche de línea, parte a pie, según exige la situación de la finca. Llegué a la puesta del sol; mi madre salió a esperarme al camino, y medio agarrados de las manos y medio de bracete, anduvimos el trecho que separa a la Ullosa de la carretera provincial. Cuando se hubo enjugado el rocío que siempre asoma a los párpados de una madre que ve a un hijo después de año y medio de ausencia, empezó el fuego graneado:

—¿Conque tu tío pone casa, eh? ¿Es verdad que la amuebla a todo lujo? Así hace el que puede y no el que quiere. ¿La cama dicen que es preciosa? ¿Y de alquiler, qué paga? De seguro una barbaridad, porque en ese Madrid todo está por las nubes. ¿Y sabes si ya tomó criada? Milagro será que no meta en casa una bribona. ¿Conque mucho de muebles majos? Aire, aire a los cuartos del Ayuntamiento. Para eso se hacen ciertas porquerías. No me digas que no, Salustiano, que me voy a poner fuera de mí.

—Pero mamá, ¿qué nos importa a nosotros eso? —exclamé cuando pude meter baza— ¿ni qué culpa tengo yo de que el tío se case?

—Como me escribiste que hacía bien... —me respondió deteniéndose para respirar y con los labios temblorosos, a la manera de los niños cuando les entra coragina.

—No parece sino que por lo que yo dijese iba a guiarse el tío. Es preciso que usted se conforme, mamá, y aguante lo que no es posible evitar. Creo que vale más proceder así, por todos estilos, hasta por conveniencia propia.