Mamá clavó los ojos en mí. Era mayor dos años que el tío Felipe y se conservaba muy agradable, gracias a su robusta salud, a la vida higiénica y natural que llevaba casi siempre, y acaso a la falta de meditación profunda y de fatiga intelectual, a una movilidad de pájaro y a una facilidad para encolerizarse y aplacarse que le esparcía la bilis y fustigaba su sangre, aligerándola. Esta volubilidad, esta incapacidad de elevarse a la región de las ideas generales y abstractas, conservaban a mi madre toda su fuerza para la acción. Era su voluntad quien guiaba a su pensamiento, y el predominio del elemento afectivo y activo se leía en su frente lisa y angosta, en el mohín voluntarioso de sus labios, en la mirada inquieta y preguntona de sus ojos nunca distraídos.

Mi madre no se recogía a Pontevedra sino en tiempo de frío riguroso, o en Semana Santa y Pascua, para cumplir con la Iglesia. La huerta de la Ullosa la mantenía durante el año entero. Con tanto renegar de la estirpe de los Cardosos, mi madre tenía mucho de la adquisividad, la economía sórdida y el genio mercantil que caracterizan a la raza hebrea. ¡Lo que puede el cariño, y cómo enreda las nociones de la lógica! Estas condiciones, que en mi tío me repugnaban, parecíanme virtudes en mamá, y lo eran en efecto, si es virtud acomodarse a la necesidad. Con tristes ocho o nueve mil realitos, que a lo sumo y exprimiéndolo bien podría rentar nuestro patrimonio, era gran milagro vivir con cierto bienestar relativo, sufragar no pequeña parte de los gastos de mi carrera, y esconder en las vueltas de un colchón cuatro o seis onzas para un apuro. Quien esto consigue, no es una mujer cualquiera. Mamá vestía siempre de hábito del Carmen, por ahorrar trajes, claro está; del lino que producían sus heredades hacía tejer lienzo, ese lienzo gallego moreno y duro que nunca se ve roto, para camisas y sábanas; de una viña de uvas agrias sacaba vinillo clarete para dármelo a beber en las vacaciones; del centeno de su renta amasaba el pan que comía; con un par de cerdos, engordados en casa, armaba puchero para todo el año; criaba gallinas y conseguía huevos; recogía leña en una mota de bosque; tenía vaca y la revendía con ventaja en la feria cuando ya no daba leche; otros ganados los llevaba a parcería con sus caseros; del orujo de la vid destilaba aguardiente y en él ponía guindas en conserva; en fin, sacaba el jugo al dinero y a la propiedad, realizando esos prodigios de buen gobierno, frugalidad y orden de la mujer cuando vive sola. Obligada por su sexo a limitar la esfera de su actividad, se desquitaba no perdiendo ni el valor de un alfiler. Sana, animosa, infatigable, todas las horas del día las empleaba en algo útil, y hasta sospecho que en más de una ocasión bordó o cosió para fuera secretamente.

—El día que acabes la carrerita y salgas ganando ya tu sueldo, estaré hecha una reina —decíame cuando me admiraba de verla tan atareada y afanosa. Y yo estudiaba con gusto pensando que los últimos años de mi madre serían felices. Idea errónea; porque aunque mi madre apalease el dinero, había de agitarse lo mismo, dada su índole. Rebosaba tanta vida; era un sér tan lleno de energía y tan resuelto a sacar partido de la existencia, que lejos de infundir lástima, debía inspirar envidia a los que habitamos mucho en nosotros mismos y acabamos por hacer de nuestra imaginación cárcel celular. El carácter de mi madre es de los que constituyen a los individuos felices, fuertes y armados contra los rozamientos de la realidad. ¡Cosa rara! Cuando yo no veía a mi madre, la idealizaba, suponiéndole ciertas condiciones y debilidades propias de su sexo, a las cuales era muy ajena. Verbigracia: me empeñaba en suponerle ardientes convicciones religiosas, y algunas veces me sucedió contestar a las bromas impías de los compañeros o exclamar al exponer una opinión atrevida: «¡Líbreme Dios de que lo supiese mi madre!» Si comía carne en Semana Santa, o recordaba el tiempo transcurrido ya sin oir misa, pensaba: «¡Ay si mamá se entera!» Y el caso es que mamá, a pesar de su hábito del Carmen, se limitaba a cumplir lo más superficial de los mandamientos de la Iglesia, sin que le importase gran cosa el estado de mi espíritu.

No por eso carecía de creencias aquella gallega briosa. Sin duda por transmisión hereditaria de la rama israelita, la concepción religiosa más arraigada en mi madre era la de un Dios airado, rencoroso e implacable: el Dios bíblico que «visita la iniquidad de los padres en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación». Creía buenamente que Dios lo venga todo a rajatabla, aquí de tejas abajo; y se imaginaba además que esas venganzas y represalias celestiales, estaba el Señor dispuestísimo a ejercerlas contra todos cuantos le molestasen a ella, Benigna Unceta, por cualquier causa o en cualquier asunto. Gracias a aquella incapacidad suya de generalizar las ideas, presumía que sus agravios y resentimientos personales interesaban muchísimo a la divinidad. Tanto, que al detenerse en el repecho que nos separaba de la Ullosa, hubo de exclamar en profético tono, agitada con todo el sobrealiento de la subida y la vehemencia de su genio.

—Ya verás cómo Dios castiga a tu tío Felipe sin palo ni piedra: ya lo verás. Deja correr el tiempo. No se escapa.

Protesté contra tan peregrina suposición, y como si alguna voz descendida de otras regiones se uniese a mí para rechazar cuanto no fuese perdón y caridad, sonó en la iglesia próxima el Ángelus con tristeza resignada y argentino y poético doble.

Mi madre se volvió bruscamente y me interrogó:

—¿Tú vas a la boda?

—Sí, señora, y usted también debiera ir. Es una campanada que usted no vaya.

—Déjame de historias, que no se me antoja presenciar semejante esperpento. Cosa más disparatada no se ha visto ni verá. ¡Quiera Dios que a tu señor tío no le nazca madera de aire!... y le nacerá; que eso busca. ¡A su edad casarse! ¿Estaría bonito que me casase yo ahora?