Bregué con aquella obstinación invencible, alegando que mi tío contaba muy buena edad para matrimoniar, y nosotros haríamos desairado papel enojándonos por acción tan justa y sencilla. «El viento —replicaba mamá furiosa—. Valiente mamarracho defiendes. Yo sé lo que digo, y sé también las palabras que se me dieron. Ya Dios le ajustará las cuarenta. No creas que estoy loca, no; él ha de caer... ¡Ya lo verás! Y la muchacha que se casa con él, te digo que no tiene vergüenza. A tu tío no le quería yo ni cubierto de oro, y si no fuese mi hermano...»
Dióme de cenar mi madre un plato regional que sabía me agradaba mucho. Eran papas o puches de harina de maíz con leche fresca. Sacaba las papas hirviendo, las dejaba enfriarse y formar costra, y abriendo un agujero en medio de la pasta, derramaba allí la leche riquísima contenida en un puchero de barro. Mientras yo despachaba este manjar de homérica sencillez, ella no cesaba de hablar, de preguntarme, y siempre volvía al punto inicial... mi tío.
—Ahora está metido en una, que no sé cómo va a salir... Una trifulca atroz, en que me parece a mí que le van a dar el escarmiento... Otro chanchullo más gordo que el de los solares y los ranchos... ¡y cuidado que aquel!... El de ahora es cuestión de la contrata de la plaza de abastos: dicen que tu tío va a medias con el contratista en las ganancias, y que le concedieron unas ventajas atroces y el hombre no ha cumplido ninguna condición, absolutamente ninguna, y el Municipio le pone pleito. Y hoy el Municipio no es lo que era el año pasado: tu tío no manda allí. Tendrá que ir en romería al Santo... Si don Vicente no lo saca de ésta, mal negocio. Con el gallo de la protección de don Vicente, que no sabe lo que pasa entre cortinas, hacen de esta provincia cuanto se les antoja. Como tu tío se larga a Madrid, le van a alquilar para el correo la casa suya de Pontevedra... Otro guisado. Bonitos andamos. En estos tiempos es preciso que todo el mundo se despabile. Yo no soy hombre, que si lo fuese, iría también en peregrinación al Santuario. Esto te lo digo yo aquí; pero por fuera, cuidadito con lo que hablas... No conviene que te cojan tirria estos enredadores: con el tiempo te podrán servir.
Viéndola tan expansiva, la agarré por el talle, la besé en el pescuezo y las mejillas, y me determiné a decirla riendo:
—Mamá, para presentarme en el Tejo con un poquito de decoro, me es indispensable llevar un regalo a la novia de mi tío. Él será lo que gustes, y nos habrá jugado mil perradas, pero al fin está sufragando mucha parte de los gastos de mi carrera.
—Por algo lo hace. Chiquillo, ojo. Si fuésemos a reclamar nosotros lo que nos corresponde de derecho... Y a saber si hoy en adelante sigue pagando.
—Pues no importa, mamá; pues no importa. Aunque no pague. El regalito.
—¡Pero si no tengo un cuarto! ¿Tú crees que aquí se fabrica moneda? Sí, ¡para fabricar estamos! Caro me cuesta salir del día.
—Bueno —respondí con resolución—. Entonces no hay más que hablar: mañana voy a Pontevedra y empeño el reloj o las botas... Regalo ha de haber... No me dejes en vergüenza.
A la mañana siguiente mi madre entró a despertarme. Traía bajo del brazo un cesto de cerezas maduras, que puso sobre la cama para que me desayunase: y entre los dedos dos redondelitos brillantes que elevó a la altura de mis ojos. Eran dos monedas de a cinco.