—¿Qué te parece? ¡Cuántos trabajitos para juntar esto! Anda, vé y derróchalo; estrágalo, ya que te da por ahí... No quiero que digas que tu madre te deja mal, pudiendo dejarte bien, en parte ninguna.

La eché los brazos al cuello y la dí tres o cuatro besos chilreados, mientras ella se defendía mal exclamando: —Payaso... sobón... que te pego, insolente.

Con los diez duros adquirí en la metrópoli un imperdible o cosa parecida, que representaba dos áncoras cruzadas y en medio un cupidillo, con un rubí chico y dos perlas. Dijes chabacanos que inventa la moda y reprueba el buen gusto. Pero en fin, ya no iba a la boda con las manos vacías.


VII

De Pontevedra a San Andrés de Louza y a la quinta de Tejo, es jornada recreativa más bien que viaje. Atravesé la ría en una lancha alquilada en Pontevedra; desembarqué en la opuesta orilla, y me restaba andar a pie cosa de un cuarto de legua por la comarca más pintoresca que soñarse puede. Desde la playa, cuya arena finísima conserva la huella del pie y rodean grandes matas de áloes en flor, hasta los senderos cuajados de madreselva y los campos de maíz susurrantes al soplo del viento, todo me pareció un oasis, y mi espíritu se inundó de esa vaga felicidad que en la juventud nace de la excitación de los sentidos y de una especie de presentimiento inexplicable, nuncio del porvenir: presentimiento que sin augurarnos sucesos felices, nos anuncia emociones, derroches de vida.

Situada en un alto la quinta del futuro suegro de mi tío, la ví desde la misma ensenada donde desembarcamos. Por mejor decir: lo único que distinguí claramente fué la torre cuadrangular, almenada, y las ventanas cuyos cristales teñía de rojo y oro el sol poniente. El resto del edificio lo cubría una masa de verdor, como de arboleda. De todos modos, para orientarme bastaba con lo visto. Dejé mi maleta en el pueblo, advirtiendo que ya enviaría por ella a la mañana siguiente, y emprendí la caminata.

Subí por el sendero en cuesta, azotando con la vara que empuñaba los sonoros maizales y los zarzales, de donde volaban asustadas las mariposas; y a una vuelta del camino, sorprendióme extraordinariamente la vista de un hombre sentado en una piedra... La sorpresa no se explica al pronto, pero el caso es que el hombre era un fraile.

Por primera vez de mi vida veía yo un fraile en carne y hueso. Me admiré como si creyese que los frailes ya no podían encontrarse más que en los lienzos de Zurbarán. De pinturas del Museo y la Academia; de haber visto a Rafael Calvo, una tarde, representar el drama del duque de Rivas Don Álvaro o la fuerza del sino, se derivaban todos mis conocimientos en indumentaria frailesca. Comprendí que el fraile sentado en la piedra era un franciscano: el sayal se plegaba de un modo estatuario sobre sus piernas; la capucha la tenía caída, y en la mano uno de esos sombreros de abate francés, de alas abarquilladas, con el cual se abanicaba la frente sudorosa, respirando fuerte. Luego depositó el sombrero en el suelo, y volviendo hacia fuera los codos y apoyando en los muslos las manos abiertas, se quedó meditabundo. Yo le observaba con ardiente curiosidad, imaginándome que por el hecho de ser fraile había de meditar aquel hombre en cosas o estrambóticas o sublimes. Él alzó la mano derecha, y deslizándola en la manga izquierda, sacó de la especie de bolso que formaba la joroba de la manga un pañuelo enorme, a cuadros blancos y azules, y se sonó ruidosamente. Después se incorporó, recogió su chapeo y rompió a andar, a tiempo que emparejé con él.

No sabía si ponerme a su lado, quedarme atrás, o adelantarme y darle las buenas tardes sencillamente. Me atraía aquel hombre sin motivo ninguno. De los frailes tenía yo dos ideas muy antitéticas que, sin embargo, coexistían en mi espíritu: por un lado el fraile de cromo de Ortego, picaresco, glotón, lascivo, beodo, «hombre sin vergüenza asomado a una ventana de paño», por otro el fraile de las novelas y los poemas, tétrico, exaltado, visionario, con la mente enflaquecida por el ayuno y los nervios desequilibrados por la continencia, huyendo de las mujeres, evitando a los hombres, lleno de flato, de tentaciones y de escrúpulos. Y quería saber a qué sección de estas dos pertenecía el caminante.