Como si me hubiese adivinado el pensamiento, al sentir mis pasos se detuvo, me miró cara a cara, y me dijo con acento imperioso:
—Felices tardes, caballero. Usted me dispensará que le haga una pregunta. ¿Viene usted por casualidad de San Andrés de Louza? ¿Va usted a la Torre de los señores de Aldao?
—Sí señor, allá voy —contesté un tanto sorprendido.
—Pues si usted no tiene inconveniente iremos juntos. Sé ir, porque estuve aquí otra vez. Me tomo la libertad de hacer a usted esta proposición, figurándome que en el campo no molesta...
—¡Molestar! Al contrario —respondí, agradado de la marcialidad del Padre.
Echamos a andar brazo con brazo, pues el sendero se ensanchaba, y permitía este lujo de sociabilidad. Entonces reparé que el fraile iba descalzo, con unas sandalias que sujetaban el pie por el empeine dejando libres los dedos, que eran bien modelados y carnosos, como los de las esculturas de San Antonio de Padua. Empezó a dirigirme preguntas.
—Ha de perdonarme usted; soy amigo de la franqueza y de que la gente se conozca. ¿Es usted acaso pariente de Carmiña Aldao?
—No, señor, de su novio. Nada menos que sobrino carnal.
—¡Ah! Ya sé. El que estudia para ingeniero en Madrid. El hijo de Benigna.
—Justo. ¿Cómo está usted tan bien informado?