—Diré a usted: la familia de Aldao me distingue con bastante confianza: por eso me encuentro al tanto de esos pormenores. ¿Y qué tal, qué tal de estudios? Ya sé también que es usted muy asiduo, y joven de gran porvenir. Tengo muchísimo gusto en conocerle; se lo digo de corazón; gasto pocos cumplimientos. ¡Ah! Y ahora caigo en la cuenta de que todavía no sabe usted mi nombre. Como un pobre religioso no necesita presentarse, que el hábito le presenta... Me llamo Silvestre Moreno, para servirle.
—Yo Salustio...
—Ya estoy, ya estoy. Salustio Meléndez Unceta.
—Veo que no hay cosa que usted ignore.
—Eso quisiera —repuso el fraile riendo de muy buena gana; y de pronto, deteniéndose bruscamente:
—¿No podría usted hacerme el favor de un cigarrito de papel?
—No fumo —contesté con cierta prosopopeya, que después me pareció ridícula.
—Hace usted bien: una necesidad menos... Pero yo ¡caramelo! estoy tan viciado, que... En fin, lo mismo da; hasta el Tejo, paciencia.
—¿Desde cuándo no ha fumado usted?
—¡Caramelo! Desde ayer por la tarde. En Pontevedra paré en casa de una señora anciana, muy respetable, viuda, sola, que, como usted comprenderá, no fuma, ni su criada tampoco. Por la mañana, cuando me afeité, me dí un par de cortes; tenía un serrucho por navaja; y la señora fué tan caritativa, que me compró una navajita inglesa que corta el pensamiento, finísima... aquí la llevo —añadió señalando a la manga—: no la he estrenado todavía. Ya ve usted que después de este obsequio, que debe de haberle costado algunas pesetillas, yo no iba a ser tan gorrón que le pidiese cuartos para tabaco...