—Pero —exclamé contagiado por la franqueza del fraile— ¿es que no lleva usted consigo un céntimo?
—Pues claro que muchísimas veces no lo llevo, ni medio tampoco.
—¿Y cómo es posible?
—¿Y el voto de pobreza, recaramelo, es guasa?
—Siento muchísimo no fumar —exclamé— para este caso tan solo.
—No se apure usted, amigo, que los frailes no nos apuramos tampoco porque nos falte una mala costumbre. Además que en cuanto lleguemos al Tejo... ya verá usted el señor de Aldao cómo se despepita a ofrecerme cigarros.
Dijo esto con alegre filosofía y emprendió el camino con buen ánimo y gentil determinación, andando más listo que un servidor de ustedes. Una pregunta me bullía en los labios y me resolví a formularla.
—¿No le molesta el ir descalzo?
Volvióse sorprendido el fraile.
—No, señor —contestó, recapacitando como para recordar si en efecto le molestaba la descalcez—. Al principio eché de menos, no los zapatos, sino las medias, y eso que no tenían nada de finas: mi madre me las calcetaba bien gordas, y yo nunca usé otras sino las calcetadas por mi madre. Digo, sí... acabo de usarlas no hace mucho... y de seda finísima; para que vea usted; no vaya a creerse que porque soy fraile no he gastado de esos lujos. Pero en fin, esto es capítulo aparte. Viniendo a lo de la descalcez, que es lo que usted me pregunta, y a que yo quiero contestar categóricamente, sepa que desde que voy descalzo, nunca tuve sabañones en los pies, ni callos, ni ojos de gallo, ni cosa parecida. —Al decir esto sacaba el pie, que, en efecto, era contorneado y sano, sin esa deformación de los dedos que produce la bota—. Y mire usted lo que puede la costumbre, caballero. Ya me parece que estoy más limpio así. Se me figura que las calcetas y el calzado no consiguen más que archivar las porquerías. Nadie que vaya descalzo lleva los pies realmente sucios, por mucho que trajine y mucho calor que haga, sobre todo si tiene la manía que tengo yo...