Diciendo y haciendo, se apartó diez pasos, y llegándose al regatillo que corría al borde del sendero, entre cañas y mimbrales, dejó en tierra las sandalias, remangó un tanto el hábito y metió un pie tras otro en el agua corriente. Después que hubo secado las plantas en la hierba, se volvió a poner sus sandalias y miró con aire victorioso. Yo sonreí impulsado por una idea, o más bien por un sentimiento cordialísimo, que podía traducirse en esta forma:

—¡Qué fraile más raro y más simpático!

—Vamos —me dijo—: adivino lo que está usted pensando, caballero.

—Puede ser. Diga usted y yo le diré si acierta.

—Pues, ¡caramelo! Usted piensa allá para su sayo... que los frailes gastamos pocos cumplidos, que somos muy democráticos y muy ajenos a los estilos de la sociedad, y que en seguida entruchamos con la gente.

—No, señor, no era eso. Yo pensaba...

—Llámeme usted Padre Moreno o Moreno a secas, si le es igual. Lo de «señor» es demasiado lujo para un pobre fraile.

—Pues, Padre Moreno, lo que yo cavilaba... Pero temo que si lo digo le moleste.

—Nada de eso, nada de eso, yo me muero por la franqueza.

—Pues cavilaba en que los frailes no tienen fama de ser así... tan partidarios de la limpieza corporal como usted. —Al decir esto le miraba de soslayo, examinando con rápida ojeada sus manos, sus orejas, su cogote, todo lo que delata los hábitos de pulcritud—. Hasta creí que condenaban ustedes por pecado el cuidar de la persona. Dicen que el mérito de algunos santos ascetas consistía en poseer un millón de habitantes y llevar el pelo y la barba... colonizados.