En vez de enojarse por tan irreverente supuesto, el Padre soltó la carcajada más sincera que he oído salir de humana boca.
—¿Conque usted creía eso? —me dijo cuando la risa le permitió hablar—. Y usted que parece un joven tan instruído ¿no sabe lo que decía la gloriosa Santa Teresa? Pues se lavaba muy bien, y luego exclamaba: «Señor, mi alma como mi cuerpo.» ¿De modo que para ustedes todos los frailes éramos unos solemnes gorrinos? Entonces, buen susto habrá pasado al verme. ¿Usted ha tratado más frailes que este su servidor y capellán?
—A la verdad es usted el primero que veo en mi vida, es más; pensé que no existían ustedes. Una tontería, porque sé muy bien que en España se están repoblando los conventos de varias Órdenes; pero francamente, me figuraba yo que los frailes sólo se encontraban en los cuadros, en los retablos de las iglesias, y así... Nada, aprensiones.
—Pues ya los ve usted en realidad. Entre los frailes sucede igual que en el siglo, porque hay genios y gustos muy diferentes, aunque se rijan por una misma regla. Unos son descuidados; otros se acicalan más; pero como usted conoce, nuestro santo hábito no nos permite andarnos con muchas agüitas de olor y tarretes de esencias y de pomadas. Estaría bonito un religioso usando la velutina Fay y el Kananga o ganga... o como recaramelo se llame ese perfume que ahora se estila tanto.
—¡Vaya que está usted enterado, padre! —exclamé riendo a mi vez.
—Es que yo trato a señoras muy elegantonas y muy majas... Y no extrañe usted que quiera vindicarme y vindicar a los pobrecitos frailes de la mala fama que usted les cuelga. Figúrese que nuestro Santo Patriarca era tan aficionado al agua, que hasta compuso en alabanza suya unos versos preciosos, diciendo que es casta y limpia. Yo le hablo a usted con el corazón en la mano; me gusta la gente aseada; pero ciertos extremos de pulcritud que hacen ciertos hombres, me parecen empalagosos. ¡Caramelo! Eso de que un señorito pierda media hora en recortarse y pulirse las uñas... pase en las mujeres; lo que es en quien peina barbas...
Diciendo esto cruzóse de brazos el fraile y se volvió hacia mí como queriendo respirar y descansar un poco. A la luz rojiza del poniente, que tanto entona las figuras, noté que la suya guardaba armonía con aquella profesión de fe viril. Era membrudo sin llegar a grueso, y de aventajada estatura sin pasarse de alto. Su tez tostada y cetrina revelaba complexión biliosa y curtientes fatigas de viajero por regiones de sol. Los ojos los tenía vivos, alegres, negrísimos, bien delineados y abiertos sobre el alma de par en par. Su cuello, descubierto por la tonsura del cerquillo, indicaba vigor, y lo mismo las manos, grandes, ágiles y robustas, manos que así servían para elevar delicadamente la hostia como pudieran empuñar, caso de necesidad, la azada, el garrote o la carabina. Las facciones no desmerecían de las manos: acentuadas como por el palillo de hábil escultor, tenían la mezcla de calma y de firmeza que se advierte en ciertas esculturas de retablo. Entre la boca y la nariz, así como en la meseta de la barbilla, existían dos hoyuelos indicadores casi siempre de un fondo de bondad llamada a templar la fuerza del carácter. Por fijarme, hasta en las orejas me fijé, notando que eran como de confesor, de ancho conducto y casi movibles; unas orejas con mucha fisonomía, según suelen tenerlas los eclesiásticos.
—¡Caramba con el fraile, y qué terne parece! —discurría yo sorprendido.
Seguimos avanzando. Ya debía de estar muy próxima la quinta de Aldao, pero no llegaríamos antes de entrada la noche, que caía plácidamente. Eran más penetrantes los olores de la madreselva; los perros, asomándose a las paredillas de las heredades, nos ladraban con mayor furia; oíase en lontananza la queja del mochuelo, y el bicornio de la luna, fino como un trazo de pincel, asomaba hacia la parte de la ría. El fraile manifestó con una exclamación trivial que sentía la belleza del sitio y de la hora.
—¡Vaya una tarde! ¡Cuidado que es lindo este país! Cuanto más se ve más hermoso parece. ¡Y tan fresco! Para mi gusto ya es demasiado; prefiero el clima del África.