—¿Ha estado usted mucho tiempo en África?
—¡Toma! Pues si soy medio moro.
—¿Y ha viajado usted por el desierto?
—¡Ya lo creo! Y sin tiendas de campaña, ni caja de provisiones, ni escolta, ni otras monsergas de esas que llevan los exploradores al uso. ¡Sobre un mulo y con un par de gallinas atadas al arzón de la silla; bebiendo el agua de los charcos y durmiendo bajo el pabellón de las estrellas, he rodado yo más por aquellos arenales y me han sucedido más lances y más aventuras!
De buena gana le hubiese preguntado sobre las correrías africanas: pero otra curiosidad mayor me punzaba, cuyo recuerdo despertó en mí el ver blanquear la cerca del Teixo y negrear sobre la cerca y bajo la torre la que me parecía mancha enorme de arbolado. Quise contrastar la exactitud de las noticias de mi madre, consultando a una persona que ya se me figuraba por todo extremo imparcial y sincera.
—Diga usted, Padre Moreno, ¿usted conoce a la futura familia de mi tío? ¿Cómo es la novia? ¿Qué tal persona es el papá?
—Claro es que les conozco —respondió el fraile aplicando sobre su abierto rostro una máscara de discreción absoluta—. Es una familia muy apreciable y la novia de su tío de usted... una señorita muy buena.
—¿Y... es bonita?
No se espantó el fraile de la pregunta, antes respondió con desahogo:
—Yo soy mal juez: acaso me equivoque. Confieso que no me parece... así... ninguna cosa de quedarse admirado. No la llamaré fea, pero tampoco... Y no crea usted: aunque digo que soy mal juez, no es que me falten motivos para entender: porque allá en Tánger, Tetuán y Melilla hay judías y moras que pasan por guapas; y asómbrese usted: tengo moros tan amigos, que alguno me enseñó su harem... Le advierto que entre ellos es una prueba de estimación grandísima.