—¡Ah!... —murmuré sin poder reprimir una expresión maliciosa—. ¿Conque franca la entrada del harem?

—Sí —afirmó alardeando de naturalidad el fraile—. Y ¿quiere usted que le cuente cómo estaba la mora favorita, vamos, la predilecta de este moro amigo mío, que era un ricachón de allí?

—¿A ver cómo estaba? ¿Muy tentadora?

—Ya le he dicho que soy mal juez: yo sólo puedo describirle exterioridades... y usted opinará. El traje era de una seda riquísima, abierto en el pecho y éste adornado con unos collares de perlas gordas y de diamantes y pedrerías: dos o tres collares lo menos tenía la mujer. En los brazos unas ajorcas como las que pinta Cervantes en la novela del Cautivo... ¿no la ha leído usted? Pues así. Luego cojines, cojines y más cojines; unos debajo de los brazos, otros debajo de las caderas, otros detrás de la cabeza: y los cojines eran para impedir que se rozase, porque la mujer estaba reventando de gorda, que es el secreto de la hermosura entre las moras. Esta no se podía menear. ¿Y sabe usted con qué la engordaban? Pues con bolitas de pan, que ya no se puede llamar engordar a una mujer, sino cebarla. Fumaba por un tubo largo así..., y tenía delante un veladorcito, incrustado de nácar, con dulces y bebidas.

—¡Ah socarrón de fraile!— discurrí yo—. Te finges muy corriente y muy sencillo, y eres más tuno y más ladino que todas las cosas. Me estás mareando con tantos infundios moriscos, por no soltar prenda respecto a mi futura tía. Yo te apretaré, aguarda. Y en voz alta exclamé—: Padre Moreno, usted que tan perfectamente describe a las moras, mejor sabrá retratar a una cristiana. Bien puede usted decirme, al menos, si la novia de mi tío está cebada con bolas de pan, o si tiene un talle como la palmera del desierto. Vamos Padre...

Subíamos por el sendero peñascoso que linda con la cerca del Tejo. Allí no cabíamos bien los dos de frente. El fraile se volvió y se encaró conmigo para responder. Ya no le alumbraba el último reflejo del sol, como antes, pero aun entre la media obscuridad chispearon sus ojos cuando me respondió con inexplicable mezcla de donaire chancero y solemnidad entusiasta:

—Caballero, usted le ha de perdonar a un pobre fraile que se exprese como lo manda el hábito que viste y la regla a que obedece. De una mora, de una infiel, yo puedo describir el cuerpo, porque si Dios se lo ha concedido hermoso, será lo único que se pueda alabar en ella, ya que el alma está envuelta en las tinieblas del error. Pero usted mismo ha dicho que la novia de su tío es una cristiana. Y a mí me consta que merece ese nombre tan... dispense si me expreso con demasiada vehemencia... iba a decir ese nombre tan sublime. De una cristiana, lo primero y acaso lo único que merece ensalzarse es el alma, y en mi boca sonarían mal otros elogios. ¡Un cuerpo que encierra un alma redimida con la sangre de Cristo! ¡Caramelo! No se lo voy a alabar a usted con palabras bonitas ni con flores retóricas. Con asegurarle a usted que su futura tía es en efecto una cristiana... he dicho cuanto tengo que decir.

—¿Tan buena es, padre Moreno?

—Excelente, excelente, excelente.

En tono con que el fraile triplicó el adjetivo, no dejaba lugar a insistencia. Por otra parte, habíamos llegado a la puerta. Sin embargo, cuando el Padre agarró la aldaba, no pude menos de soltarle otra preguntita insidiosa: