—Puede usted fumarlo con satisfacción —advirtió éste, que era muy dado a encomiar lo que regalaba—. Procede nada menos que de don Vicente Sotopeña...

—¡Ah! Pues ese los tendrá de rechupete... ¡naranjas con él!

—¡Siéntese usted, siéntese usted para fumar! —suplicaron todos.

Sentado ya, y con su puro entre los labios, empezó a satisfacer al pregunteo. Querían saber cuándo había salido de Compostela, y cómo quedaban los otros padres, y qué ocurría por allá. Yo me situé un poco aislado del grupo, vencido por una distracción rara, especie de embriaguez psíquica. Recostado en un banco, percibí que a mis espaldas se tendían como tapiz de seda verde las ramas de una enredadera magnífica, la datura o trompeta del juicio final; no se requería imaginación muy poética para comparar sus gigantescas flores blancas a copas llenas de esencia fragantísima. Entretejido con la datura se esparcía por la pared un jazmín doble. Aquellos olores, columpiados por el vientecillo suave, me subían hasta el cerebro, hacían bullir la savia de mis veintidós años y me inspiraban furioso apetito de amor, pero de un amor muy superfirolítico, muy delicado y profundo, exclusivo y resuelto a atropellar las leyes humanas y divinas.

Cuando mudamos de residencia —aunque nuestra suerte no cambie—, cuando penetramos en un círculo de gente nueva y desconocida, se nos exaltan la fantasía y la vanidad, y aquellas personas ayer indiferentes nos interesan de pronto, preocupándonos mucho la opinión que de nosotros pueden formar y los sentimientos que les inspiramos. El empleado, el militar a quien destinan a lejana provincia lleva una idea vaga del lugar donde va a residir: apenas sienta el pie en él, lo pasado se borra y lo presente le domina, con la poderosa fuerza de lo actual y el estímulo de la novedad y de lo ignorado. Así yo, excitado por los nuevos horizontes, algo mortificado porque mi presencia pasaba totalmente inadvertida, me figuraba que de aquella gente, apenas entrevista, extraña para mí pocos momentos antes, tenía que salir algo decisivo para mi corazón.

Empecé por creer que en el seno de aquella familia pacíficamente reunida tomando la luna, se desenvolvía un drama moral muy extraño, cuyo secreto poseía de seguro el fraile. «En todas partes —fantaseaba yo borracho de esencia de jazmín— hay sus dramitas de entre bastidores y su crónica secreta. Allá en Madrid, en casa de la Josefa Urrutia, el drama tiene aspecto grotesco, pero no por eso deja de ser drama. Con la suerte y la vida de Botello se puede hacer el gran sainete dramático. Aquí, el conflicto, si existe, lo conoce el Padre Moreno. ¿Por qué se casa esta señorita, que parece tan distinguida, con el antipático de mi tío? ¿Será verdad que la maltratan? No; mi misma madre, cuando la apremié, confesó que eso es un dicho sin fundamento. Y estas mocitas que veo aquí ¿qué papel componen? Y la concubina del señor de Aldao ¿por dónde anda? Y en esa pareja de futuros esposos, reunidos en un sitio tan propio para excitar la fantasía y los nervios, ¿hay amor? y si no hay amor, ¿por qué hay boda?»

De estas reflexiones me sacó repentinamente el joven curita, que acercándose me dijo en tono pueril y con dejo gallego que desempedraba:

—Perdone la curiosidad... ¿Es el hijo de doña Benigna?

—El mismo.

—¿Uno que estudia para electroimántico científico?