Como yo no comprendiese al pronto este conato de chiste, el curilla rectificó:
—Para ingenioso, digo, para ingeniero.
—¡Ah! sí.
—Pues cuénteme entre sus servidores. ¿Quiere algo? ¿Está cansado? ¿Fuma?
—¿Y usted, es el párroco de San Andrés de Louza? —le pregunté a mi vez, por decir alguna cosa menos incoherente.
Con la más injustificada familiaridad, el curilla me puso una mano sobre la cabeza, y forzándome a bajarla hasta tocar con las rodillas, chilló:
—Bájese... bájese vuecencia... ¡Párroco! ¡Ay! Con clérigo contentaverit mihi... No he pasado por ahora de aprendiz, es decir, de recluta en la milicia sacra.
Sentóse a mi lado y comenzó a referirme mil insulseces, a que presté muy poca atención, porque, a la verdad, pensaba en otras cosas bien distintas; y entretanto fué llegándose la hora en que la caída insensible del rocío y la humedad que impregna la atmósfera hacen desagradable en Galicia permanecer al raso; y el amo de la casa, levantándose, nos mandó entrar y subir a una sala muy adornada de cortinajes de cretona, de donde pasamos al ancho comedor, en que nos esperaba la cena, servida por dos criados, el uno con trazas de gañán, el otro algo más pulido, bajo la dirección de una vieja obesa que arrastraba los pies y que se me figuró, a pesar de su ruinoso físico, la odalisca del señor de Aldao. Las dos muchachas entrevistas en el patio, se habían evaporado: no aparecieron en la mesa ni en la sala.
Sentado frente a la novia, cuyo rostro iluminaba de lleno la luz de la lámpara, satisfice ansiosamente la curiosidad de mirarla: bebí su rostro. Al pronto dí la razón al Padre Moreno: ni era fea ni bonita. Su cuerpo, elegante y cimbrador, valía más que su cara, de las que se llaman de perfil acarnerado, desprovista de ese esplendor de la tez y esa corrección de facciones que son elementos primarios de la belleza. Pero al cuarto de hora de examen, ya me inclinaba a votar, si no por la hermosura, al menos por el inexplicable encanto de la novia. Al abrir sus ojos negros, de mirar apasionado; al sonreir; al volverse para contestar a una pregunta, la movible faz se animaba, la vida corría por aquellas facciones que yo imaginé plácidas y frías, a pesar de haber visto ya en su retrato, a la luz de un farol madrileño, reflejos del alma. Carmiña Aldao se reía poco, y, sin embargo, no parecía triste; había en ella la animación de la voluntad. Hasta extremosa me pareció cuando, terminada la cena, y sacando yo del bolsillo el estuche con mi fineza, se deshizo en elogios de la pobre joya.
—¡Ay... qué cosa de tanto gusto! Papá, mire usted... Felipe... Es una monada. ¿Y la escogió usted mismo? ¡Un estudiante! Vamos, que ya se le pueden hacer encargos. Nada, es precioso.