También el Padre Moreno metió su cucharada en lo del imperdible.

—¡Hombre! Bonito de veras. Así hacen los poderosos. Los frailes no nos atrevemos a corrernos tanto: nuestros obsequios son más sencillos...

Diciendo así fué a buscar un saco de camino, su único equipaje, que había traído un muchacho desde San Andrés de Louza, y extrajo de él una cruz de nácar, de esas de Jerusalem, que, aunque modernas, tienen tallada con cierta rigidez bizantina la figura del Crucificado. Mediría media vara de altura.

—Es lo único que puedo darte, hija. La cruz viene tocada a la piedra del Gólgota, donde plantaron la de Nuestro Señor.

Nada respondió la novia: con movimiento rápido se inclinó y besó ardientemente no sé si el regalo o la mano que se lo ofrecía. El fraile iba extrayendo del saquillo variedad de rosarios, unos de nácar, otros de huesos negruzcos, pasados por un cordel, sin engarzar todavía.

—De los olivos del monte Olivete —dijo desenredándolos y repartiéndolos a los que estábamos presentes. Cuando llegó mi turno debí de hacer algún movimiento de sorpresa, porque el fraile me preguntó con hidalga cortesanía:

—¿No lo quiere usted? Las cosas se toman como de quien vienen; nosotros somos pobres de oficio, y no podemos ofrecer dádiva de mayor valor material, caballero D. Salustio.

Guardé el rosario, algo sonrojado de la lección. Había venido gente de San Andrés para ayudar a pasar la velada y hacer la partida de tresillo: el párroco, el boticario, el ayudante de Marina. Me brindaron con el cuarto lugar en la mesa, pero rehusé: temía perder y encontrarme sin dinero en casa extraña. Mi tío, sentándose al lado de su prometida, pegó la hebra; el Padre Moreno se retiró a rezar horas, y yo volví a encontrarme entregado al aprendiz de clérigo.

—¿Dónde está mi cuarto? —le pregunté—, ¿usted lo sabe? De buena gana me recogería.

—No lo sabo... pero el que tiene lengua va a Roma. Véngase usted. Agárrese a mi dedo meñique.