Cruzamos el comedor. La lámpara ardía aún, y la vieja presenciaba la operación de alzar los manteles, trasegar vasos y platos y recoger postres. Volví a fijarme en la sultana retirada. En otro tiempo de fijo pasaría por buena moza: hoy el pelo escaso y gris, la tez erisipelatosa y el exceso de obesidad la hacían abominable. Parecía laboriosa, regañona y al par humilde resignada con su papel de escalera abajo. El curilla, para dirigirla una pregunta, apretó su brazo.
—¡Ay! Serafín, estése quieto... ¡Qué chanzas gasta más indecentes!
—Mulier, en usted se puede pellizcar sin reparo, que usted es ya contra toda tentación... ¿Dónde está el cubículo, alias dormitorio de este señorito?
—Mismo al lado del de usted... Dios le dé paciencia al infeliz para aguantar bobadas... ¡Candidiña, Candidiñaá! Una luz... alumbra a estos señores...
Apareció, palmatoria en mano, la mozuela espigada de antes, fresca, rubia, de facciones inocentes y aun algo bobaliconas, como de querubín de retablo, pero de ojuelos maliciosos, parleros, que ella procuraba entornar para que no la delatasen. Echó delante, y haciéndonos subir una escalera bastante pina, nos condujo a nuestros cuartos, situados en la parte alta de la torre, y separados uno del otro por un pasillo estrecho. Estas habitaciones, a las cuales no había alcanzado la recomposición general dada por el señor de Aldao a la quinta, tenían aspecto de vetustez, y probablemente en circunstancias normales sólo servían para almacenar la cosecha de calabazos y castañas. Los muebles se reducían a la cama, dos sillas, una mesita y un palanganero. La mozuela, dejando la palmatoria sobre la mesa, advirtió:
—Allí Serafín y aquí usted. Bien anchos están.
—Aún cabes tú, muliércula —advirtió desvergonzadamente el aprendiz de clérigo. La muchachuela pestañeó y soltó la carcajada, amenazando con la mano a Serafín; pero instantáneamente, volviéndose a mí, adoptó continente modesto y preguntó en tono humilde si mandaba algo. Contesté que deseaba recado de escribir, y dijo que iba volando por un tintero. Como se llevó otra vez la palmatoria, me quedé casi a obscuras, alumbrado sólo por el reflejo de la luna.
Me asomé a la ventana. En primer término ví extenderse enorme masa obscura, especie de lago vegetal, que parecía un solo árbol, aunque lo hiciese dudar su magnitud. A lo lejos la ría brillaba como falda de raso gris salpicada de lentejuelas de plata; el creciente se multiplicaba en su seno y el ruído imperceptible del manso oleaje se confundía con el del viento nocturno que estremecía las ramas próximas. Un aire húmedo y refrigerante acariciaba el rostro. Candidiña interrumpió mi contemplación colándose sin pedir permiso, trayendo en una mano el tintero, que casi rebosaba de tinta; en otra, además de la luz, papel, sobres, un cabo de pluma, un cucurucho de arenillas.
—Dice tía Andrea que tiene que dispensar, que todo viene así... cachifollado. Dice que mañana sin falta le dará la salvadera. Dice que en la aldea hay que perdonar.
Empecé a disponer lo necesario para escribir a Luis Portal; pero la muchacha, en vez de marcharse, quedóse allí plantada, contemplándome como si mi persona y mis actos fuesen cosa muy curiosa. Cuando se inclinó por encima de mi hombro para fisgonear cómo disponía yo el papel, diciendo con asombro casi infantil y dejo gallego ribereño muy dulce: «¡Ay, y va a escribir ahora, tan tarde como es!», me cruzó a mí por la imaginación un capricho y por los nervios una corriente que reprimí con el esfuerzo relativo que cuesta desechar las sugestiones puramente físicas: «Cuidadito, Salustio... Hoy estás muy alborotado... Ándate con pies de plomo...» Por decirle algo a la mozuela, pregunté: