A la mañana siguiente nos bañamos en la preciosa playa, nos paseamos por San Andrés, dándonos tono, pues nuestra presencia era acontecimiento en el pueblecito, visitamos la iglesia parroquial, cogimos lapas, nácaras y bocinas, y a las nueve estábamos en el Tejo, dispuestos a despachar el chocolate. El Padre Moreno no nos había acompañado: prefería el baño por la tarde, pues no le gustaba prescindir de su misa. Mi tío no se había presentado aún, ni vendría hasta la una, hora de comer; y Carmiña, libre de la obligación de charlar con su novio, me prestó atención, y hasta me dió indicios de confianza y afecto.
—Anoche se retiró usted temprano porque se aburría. No sabemos realmente con qué divertirle, y si usted no procura buscarse entretenimiento... En el campo...
—No se apure por eso, Carmiña. El campo me gusta muchísimo. Nunca me aburro en él. Este sitio es precioso. Hoy tomé un baño más rico...
—¿Y esa ingrata de Benigna? ¡Cuánto siento que no venga! Es muy simpática su mamá de usted, y yo siempre la quise. Ahora... con más razón.
—Ya ve usted... A mamá no la es fácil moverse. Nunca falta que hacer por allá...
Después de estos lugares comunes, mi futura tiíta y yo nos quedamos sin saber qué decirnos. Ella, al fin, discurrió un acto de cortesía y amabilidad.
—Como me trajo usted una fineza tan mona... ¿quiere ver las demás que he recibido? Las tenemos en una habitación aparte, porque si no, las chiquillas son tan curiosas y tan amigas de revolver, que... Por aquí.
Echó a andar y yo tras ella: en el bolsillo de su traje, al compás de sus pasos, sonaban varias llaves, haciendo una musiquilla graciosa, familiar. Sacó el manojo, y abierta la puerta misteriosa, descorridas las cortinas, brotaron en todo su esplendor las magnificencias del equipo.
Cuando digo magnificencias, no hay que entenderlo en sentido absolutamente literal, porque bastantes objetos olían a provincia, y otros, aunque de origen madrileño, no eran de exquisito gusto, al menos según puedo yo juzgar de estas materias. La novia iba explicándome todo. Aquel vestido de raso, con bordados de azabache, era regalo del novio, como también los pendientes de la perlita rodeada de brillantes. El papá se había despilfarrado con un traje azul marino, de seda rica y muy buena combinación de brochado; y por allí andaban los sombrerillos correspondientes. Otro traje me pareció muy lindo: de seda blanco hueso, lucía delante una sutil red que imitaba perlas, se alargaba en majestuosa cola, y se adornaba con azabaches. Este —declaró Carmiña— era una inutilidad, un capricho de la señora de Sotopeña, encargada en Madrid de la elección de galas, y que se había empeñado en que la novia no podía estar sin un traje de sociedad. Las joyas ofrecidas por el papá eran arreglo de un aderezo antiguo: había un hermoso broche y no sé qué otras menudencias. La familia Sotopeña había contribuído con un abanico riquísimo, la Vicaría de Fortuny, varillaje de concha. El hermano de la novia, un brazalete feo. Después una serie de joyeros, álbumes, cacharros, las mil fruslerías inútiles, que sólo se compran o venden a pretexto de santos y bodas. Detrás de ellos, en un rincón, como avergonzado, descubrí un objeto rarísimo: una ratonera enorme...
—¿Pero quién le ha regalado a usted eso? —pregunté sin contener la risa.