—Cállate, que me revuelves el estómago.

—No las catará, que el cuñado le tiene tema. No hará el caldiño con harina de linaza, ni les echará en el puchero a los pobres enfermos gallinas de boj, para figurar. El tío Felipe es de recibo. Sirve. Y vergüenza, ni tanta. Con ir a casarse y con todo, aún corre detrás de Candidiña por la era. ¿Piensa que no? Candidiña también es doctora. Ya sabe más que muchas viejas. Ne attendas fallaciæ mulieris.

—No calumnies a mi tío, miquín —exclamé impulsado por la curiosidad, pues se me figuraba que aquel bufón, en bastantes ocasiones, no dejaba de dar en el clavo—. ¿En la misma presencia de su novia iba a andar siguiendo chicuelas?

—Sí, sí, fíese... Si viese a otros vejestorios que ya no pueden con los calzones ir detrás de la monicaca... Vinum et mulieres apostatare faciunt sapientes, como dijo el otro. La Cándida les da cuerda: y no piense que es por gastar tiempo. Le digo yo que Cándida sabe dónde echa el anzuelo. A Carmiña le va a salir de detrás de una berza una madrastra.

Me incorporé sorprendido.

—¿Pero y esa Candidiña, no es... no es hija de...?

El monago pegó un chillido.

—¡Gui, gui! pensaba que... (hizo ademán de juntar las yemas de los dedos índices). No, hombre, no... Ni Candidiña ni la otra pequeña son higas de la higuera de doña Andrea... Son sobrinas... Yo conocí a su papá, que era general... digo, cabo de carabineros. La vieja cargó con ellas porque se murieron los papás. Y a fe que la rapaza... acuérdese que se lo dice Serafín Espiña... no se va tras los amoríos por la concupiscentia carnis... Esa quiere arrastrar un rabo de seda... Si vivimos hemos de ver milagros.


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