—Vamos; así, pase.

A todas estas el cleriguín (mejor le llamaría el monago), se arrellanó en la silla con trazas de no irse en toda la noche. Comprendí que era preciso hacer como si no existiese, y desnudándome rápidamente, me deslicé en la cama.

—¿Hay soneca? —preguntóme Serafín arrimándose al lecho y pegándome, con la mayor confianza, un pellizco monjil en un hombro y una sobadura en los carrillos. Chillé y por instinto devolví un coscorrón formidable, lo cual le hizo estallar en convulsiva risa: «¡Gui guiíi, gui guiíi!» Empeñóse después en averiguar experimentalmente si yo tenía cosquillas, y también si tenía mimo, para lo cual me apretó fuertemente el dedo meñique. Aquella extraña familiaridad, más propia de criatura de seis años que de hombre, y particularmente de hombre que aspira al sacerdocio, ejerció sobre mí el irresistible contagio de un desprecio cómico, y en el fondo indulgente, y amenacé al monago con tirarle una bota si no se estaba quieto. La amenaza surtió efecto; Serafín se calmó, y echándose como un perrillo, atravesado a los pies de mi cama, me dijo que no tenía sueño, que lo que apetecía era charlar un poco. Le autoricé a que charlase, y nunca se cumplió programa alguno más al pie de la letra. Salió de aquella boca un río de tonterías y despropósitos, de inocentadas ridículas, mezcladas con golpes de ciencia teológica y rasgos de malicia grosera tan certeros a veces, que me sorprendían, dejando planteado el problema de si aquel tipo era rematado imbécil o astutísimo truhán.

—Conque de Madrí... ¡Ay, qué gusto será Madrí! Yo no fuí nunca. No hay cuartos para el ferrancho ferril. ¡Cuartos! ¡Quién los viera! Límpiate Serafín, que estás de huevo. ¿Y en Madrí las calles son... así... como las de Pontevedra? ¡Cá! El empiedrado será de marmole... Bueno, ¿allí también se va la gente al otro mundo rabiando o cantando, verdad? Pues entonces no les tengo miga de envidia a los madrileros. Ante la muerte todos iguales, señorito. ¿Y usté para qué estudia? ¿Para esos que hacen ferriles y viraductos y tunantes, digo toneles? ¡Ah! Entonces tenemos que darle vucencia. Será ministro de la ministración y me hará a mí canónigo electoral. Aunque yo sirvo mejor para penitenciario, porque soy una penitencia. Y usted, aunque llegue a ser más ingeniero que el que discurrió la condenada ingeniería, no hará la carreriña de su tío. ¡Hacer!... No, su tío sabe: es peje. Nadie le saca a D. Vicente Sotopeña la nata como él. Los solares ya fueron buena tajada, y ahora le alquilan la casa para correo y le pagan de alquiler un millón de duros... ¡gui, gui! Luego, cuando hay eleuciones, nos viene a jonjabar a los cerdotes... bueno, a los que seguimos la sacrosanta carrera del sacerdocio... Pero lo que le dijo un cerdote amigo mío: ¡Arre allá, vade retro exorciso te, que el liberalismo es pecado, y al que lo dude le paso por las narices la doctrina fundamental de fide, expuesta por el santo Concilio Vaticano! Aquí no somos de esos paladares estragados por salsas mestizas. ¡Gui, gui, gui!...

—¿Y tú cómo piensas en política? —pregunté resolviéndome a tutear al monillo eclesiástico.

—¿Yo? ¿En pulítica? No cabe en pechos nobles más que una opinión...

—Sepamos qué opinión cabe en pechos nobles.

—Pues lo diré por boca del que supo lo que se decía: Nequit idem simul esse et non esse: ¿lo quiere más claro? Yo no soy partidario de la Iglesia liebre en el Estado galgo. Quod semper, quod ubique, quod ab omnibus.

—Habla en cristiano o siquiera en gallego. ¿Eres carcunda?

Ego sum qui sum; es decir, ¡ojo con las mesticerías y los distingos y las transaciones! A su señor tío D. Felipe se lo canté muy claro; y también a don Román Aldao, que es un valiente farolón y anda lampando por el título de Marqués del Tejo o al menos por una gran cruz. Dicen que el yerno se la trae de regalo de boda. Vanitas vanitatis, gori, gori. También el hermanito de Carmiña pide teta: ese quiere la chupandina de la Administración del Hospital... creo que engordan mucho las cataplasmas...