Había terminado, y hasta cerrado el sobre, por fortuna, cuando se metió campechanamente en mi dormitorio el aprendicillo de clérigo. A no mediar ciertas circunstancias que ya saldrán a relucir, no recordaría yo con tanta exactitud la fisonomía de aquel eclesiástico in fieri; pero conviene decir que tenía una especie de hocico de roedor, boquilla sin labios que al reir descubría los dientes careados y mal puestos, nariz roma y menuda como pico de garbanzo, unos ojos sorbidos hacia el meollo (el cual debía de ser poco mayor que el de un gorrión), tez blanca y salpicada de anchas pecas, rostro imberbe, cabellera, cejas y pestañas rojas. Podía clasificarse su tipo físico entre el del bobo de comedia y el mico malicioso. Dudaba yo si era cara de simple o de trasto. Al mismo tiempo había en él algo de persistencia de la infancia, que impedía tomar por lo serio sus palabras ni sus acciones.
—¿Se baña? —me preguntó hablando en impersonal, según costumbre.
—¿Que si me baño?
—En el mar, señor. En San Andrés. Porque yo bajo todos los días a la playa, y puedo acompañarle.
—Bien, convenido; nos remojaremos.
—Ya me parecía a mí que le iba a petar eso del baño. Su tío también se remoja todas las mañanas. Hace como el bacalao. Ni por esas está más fresco. ¡Guí, guí!
—Lo malo es que no tengo traje de baño.
—¡Ay! Yo tampuerco. Si es tan melindroso... Con irse a un rinconcito detrás de unas peñas...
—¡Hombre!
—O con llevar unos calzoncillos de repuesto...