—No crean ustedes —apresuróse a añadir— que en África hacemos vida regalada los frailes. Si allí me hallo más a gusto, es que aquella pobre gente se desvive por uno y le manifiesta gran respeto. Yo aprendí el árabe, aunque no como mi hermano en religión el Padre Lerchundi, lo bastante para entenderme. ¡Pues si viesen ustedes qué útil me fué! Para aquellos infelices es una recomendación el hábito. Nos llaman, en su idioma, santos y sabios... ¡Lo mismito que por aquí!

—Más claro no puede decir el Padre que le agradaría pasarse al moro —advirtió don Román.

—Moro, ya lo fuí —respondió con viveza el fraile—. Es decir —rectificó en seguida—, ya supondrán ustedes que no me hice mahometano, ni yo digo mahometano, esto es, sectario de Mahoma, sino moro, que significa hijo del África; mauritano.

—Bien entendemos que usted no renegó —exclamó mi futura tía con el acento de apacible y tierna broma que adoptaba siempre al dirigirse al Padre.

—No, hija, renegar no: por la misericordia divina no llegué a eso.

—Pues cuéntenos cómo fué moro.

—¡Anda! ¡Pues apenas tiene que contar! Es una historia muy larga... Si hasta anduvo en periódicos: la Revista Popular, de Barcelona, insertó sobre eso un artículo.

—¡Ay, cuente, por Dios!

No deseaba otra cosa el fraile, a juzgar por la complacencia con que se avino a narrar su historia. Echó mano al pañuelo que llevaba en la manga, y se limpió los labios del anisado que acababa de beber.

—Pues, verán ustedes... Era poco antes de la Restauración, cuando andaban aquí más desatadas las cosas políticas y la República traía revuelta a toda España. Yo estaba en Tánger, contento, porque, como les he dicho a ustedes, África me gusta muchísimo. Pero somos hijos de la obediencia, y cátate que me encuentro con la orden de tocar tabletas para España... nada menos que a Madrid. Y el caso es que no se podía venir con el hábito: ¡bonitos estaban los tiempos para hábitos, señores! Ea, Moreno —dije yo para mí—, ahora tocan a desenfrailar (por fuera) y convertirse en un caballerete... Ya saben ustedes que allí nos dejamos siempre la barba, lo cual ayuda mucho para la esencia del disfraz, porque una de las cosas en que más se conoce al eclesiástico vestido de seglar es en la rasuración. La corona la teníamos bastante descuidadilla: de modo que con abandonarla enteramente los días que precedieron al viaje e igualar el resto del pelo, estábamos corrientes. La vestimenta se encargó al mejor sastre. Y los accesorios... porque el traje de caballero tiene mil accesorios... de esos se ocuparon las señoras que yo trataba, y en especial las del Cónsul inglés. Estas damas me querían muchísimo, y eran personas que entendían los perfiles de la elegancia, y cómo se emperejila un señor. Ellas me prepararon calcetines, ¡de seda, bordados y todo!, corbatas, camisolas y hasta pañuelos marcados con mi cifra. Todo el pío era verme puestas las galas. «Padre Moreno, después de vestido vendrá usted a enseñarse... Padre Moreno, es preciso que nosotras le demos la última mano, si no irá hecho una visión... No nos quite usted ese gusto, Padre Moreno.» Yo me cuadré. «¿Soy algún mico para andar luciendo las habilidades? A otra puerta, lo que es del fraile no se han de reir. No me verán vestido. Si lo quieren así, bueno, y si no perdemos las amistades.» Llega el día y me arreglo de pies a cabeza; no me faltaba ni el más pequeño detalle, incluso gemelos en los puños, que hasta eso me habían regalado. Me visto en el convento, y por calles excusadas salgo a tomar un barquichuelo que me lleva a bordo. ¿Pues creerán ustedes que así y todo aquellas buenas señoras consiguieron verme? Al saber que iba a zarpar el vapor, se plantaron en los balcones muy armadas de gemelos marinos, y como yo estaba tan descuidado sobre el puente, me contemplaron. Dicen que les parecía otro... ¡Claro! ¡pues si llevaba mi cazadora, y mis pantalones grises, y sombrero ladeado, y guantes!