Hubo una explosión de risa en el auditorio, al figurarse al Padre Moreno en semejante atavío.
—¿Y después? —preguntó la novia interesadísima.
—Desembarqué en Gibraltar... ¡menuda rabia que me dió ver flotando allí el banderín inglés! Volví a embarcarme con dirección a Málaga. No me ocurrió cosa de mayor importancia. De Málaga me fuí a Granada, y ¡zás! me encuentro un conocido, un juez a quien trataba yo allá en Canarias, y que se me queda mirando ¡claro está! sin dar crédito a sus ojos. Me fuí hacia él, y no tuvo más remedio que convencerse. Nos explicamos, me convidó al café, y quedamos citados para ver juntos la Alhambra en unión de algunos compañeros suyos de fonda. Encargué que no supiesen que yo era fraile. Lo prometió, y verán ustedes que aún hizo más de lo prometido. En efecto, cuando nos reunimos a la mañana siguiente, venía él acompañado de tres militares, dos médicos in fieri y un sacerdote; y al divisarme desde lejos, pónese a gritar fingiendo sorpresa: «¡Hola, Aben-Jusuf! ¿Usted por aquí?» «¡Yo mismo!» respondí comprendiendo el objeto de mi amigo. «Por Alá, que al salir de Tánger no esperaba tan buen encuentro.» Los compañeros ya alborotados le preguntaban al oído: «Pero, qué, ¿este caballero es moro?» Y él por no mentir contestó: «Bien lo conocerán en el nombre. Aben-Jusuf le he llamado.» «¿Y es amigo de usted?» «Sí, le conocí en Canarias.» «¡Hombre! convidarle a ver la Alhambra por ver qué dice.» «Corriente.» Acepté el convite, por supuesto: como que lo tenía aceptado desde la víspera. Mi amigo, acercándose a mí, me tendió la mano y me dijo: «Aben-Jusuf, yo le convidaría a venir con nosotros a la Alhambra; pero temo causarle impresiones dolorosas.» Respondí que, en efecto, había de ser triste para un hijo del desierto la vista de monumentos erigidos por sus antepasados y que ya no pueden habitar; pero que por no desairar su compañía y la de aquellos señores, iría de buena gana...
—¿Y seguían teniéndole a usted por moro? —preguntó al señor de Aldao.
—¡Vaya! Por morísimo. Yo representaba mi papel con toda seriedad. A uno de los acompañantes le oí que decía: «Buen tipo de raza tiene este moro.» En cada puerta, en cada ajimez, en cada patio, me detenía como entristecido, pronunciando frases entrecortadas, gruñidos de pena: en fin, lo que imaginaba que un moro debía expresar allí. Una vez me eché mano a la barba...
—¡Ay, Padre Moreno! —exclamó mi futura tía—. ¡Quién me diera verle con barba!
—¡Naranjas! ¿Verdad que no me has visto? —exclamó el fraile moro soltando el hilo de la narración—. Aguárdate, mujer... Espera... —Y rebuscando en la joroba de su manga, sacó una cartera desflorada y pobre, y de ella una tarjeta fotográfica que en un momento recorrió toda la sociedad reunida en el segundo piso del árbol. Las mujeres lanzaban gritos de admiración, y Candidiña exclamó con maliciosa bobería: «¡Qué buen mozo era, Padre Moreno!» Cuando me llegó mi turno, no pude menos de convenir en que efectivamente resultaba buen mozo. La longitud del cabello y lo poblado de la barba acentuaban el carácter siempre franco y varonil de la figura del fraile, el cual, terminado el incidente del retrato, prosiguió:
—Pues yo me eché mano a esas barbazas que ven ustedes ahí, y con gran formalidad exclamé: «Si España continúa por el camino que ha emprendido desde hace algunos años, Alá volverá a conducir los caballos africanos a estas llanuras, que aún recuerdan en medio del desierto.» Y luego me volví hacia los presentes y les dije: «Perdonen, señores, a un hijo de África; estos conceptos se me han escapado sin yo poderlo remediar...» ¡Vería usted a aquellos hombres entusiasmados con mi salida! «No, no, que nos parece muy bien; ole los moros simpáticos...» El apuro fué cuando empezaron a hacerme preguntas sobre las que ellos creían mi religión y las costumbres de mi supuesto país. A uno se le ocurrió interrogarme: «si era cierto que la ley de Mahoma autoriza para casarse con muchas mujeres:» y entonces otro, oficial de caballería por más señas, saltó diciendo... «¡Ajo! eso es lo mejor que tiene la ley de Mahoma...»
Algazara general provocó esta parte del relato. Mi tío se apretaba la frente; el señor de Aldao la cintura; Serafín hipaba; Carmiña reía de muy buen corazón y yo le hacía el dúo.
—Oigan ustedes —prosiguió el fraile cuando se hubo calmado la hilaridad—. Me puse serio, y les dije en un tono así... muy natural: «Señores, aunque nos llaman bárbaros y fanáticos, sabemos reconocer los defectos de nuestra legislación. He viajado mucho, he estudiado la constitución íntima de muchas sociedades, y puedo asegurar que nada me encanta tanto como una familia de un solo varón y una sola mujer, consagrados a amarse mutuamente y a protejer al fruto de sus amores. Ni el corazón del hombre, ni el reposo y tranquilidad de la familia, ni la dignidad de la mujer se realzan y consolidan con la poligamia.»