—¡Bravo, padre!

—¡De primera! ¿Y qué respondieron ellos?

—Se quedaron de una pieza. El Oficial me miraba, y abría una boca de a palmo. ¿Por dónde dirán ustedes que salió así que pudo recobrar su aplomo? Pues se encaró conmigo y me preguntó muy formal: «Y usted, Aben-Jusuf, ¿cuántas mujeres tiene?»

El auditorio rió de nuevo.

—¡Ay qué lance!

—¡Arre, ese se iba al bulto!

—¿Y usted qué contestó?

—A la verdad me quedé parado. Pero se me ocurrió una idea. «El señor (señalando a mi amigo) conoce mis gustos. Soy hombre que no quiere sacrificar su afición a los viajes y su independencia a la obligación de sostener una esposa y una familia. Quiero ser libre como el ave y por eso he formado, desde muy antiguo, la resolución de no casarme nunca.»

—¿Y se dieron por satisfechos? ¿No preguntaron más?

—De eso nada —respondió el fraile—. La conversación cesó de girar sobre mujeres. Se habló de política, y ahí tenía yo el camino más expedito aún. Los mediquillos y dos de los militares, que eran más liberales que Riego, empezaron a ponderar los beneficios de la revolución. Entonces les dije que ese concepto de libertad acaso lo entendía yo, moro, de distinta manera que ellos. «Dispénsenme, que al fin soy extranjero aquí, y explíquenme cómo es que habiendo tanta libertad para todo el mundo, me han asegurado que no consienten ustedes a unos hombres a quienes respetamos mucho por allá; una especie de santones cristianos que llevan túnica parduzca; los pies casi descalzos... y se llaman... se llaman...» Chilló el oficialito: «¡Frailes! Buenos peines están... Entre moros, que los dejen entre moros...» Sin hacerle caso, continué: «Allá en Marruecos se les respeta, y contribuyen a infundirnos cariño a esta tierra española que consideramos nuestra segunda patria... Me admiro de que aquí (según refiere la historia de ustedes que he leído, porque soy amigo de leer) les hayan degollado bárbaramente... ¿Estoy equivocado o fué así? Esto no lo ejecutamos en Marruecos con gente inofensiva dedicada a rezar y hacer penitencia...» Ellos callados como difuntos. Uno dió al otro un codazo y le oí que decía: «¡Ves qué ilustrado es el morito!» «Nos ha jeringado.» —replicó el otro. Así dijo: jeringado.