—¿Y al fin en qué paró todo eso de la morería?
—¡Bah! Pueden ustedes suponer en lo que paró. Al regresar a Granada y meternos por las callejuelas tortuosas, cerca ya de mi posada, me volví hacia aquella gente, y dije con mucha seriedad: «Señores, lo de moro ha sido una broma. No soy sino un pobre fraile franciscano, que gracias a la libertad reinante ha tenido que disfrazarse de moro para venir a su país natal. En mi verdadero ser saludo a ustedes.» Dí media vuelta y me largué dejándolos aturdidos.
Salimos del cenador cuando ya casi anochecía. Iba la novia tan radiante de animación, comentando tan alegremente el relato del Padre, que cruzó por mi mente una sospecha respecto al Abencerraje con sayal. Procuré desecharla; pero se formuló así:
—Del padre no será, pero lo que es del futuro... tampoco, tampoco.
XII
Esta convicción se me impuso, y no sé si me fué dolorosa o grata. Sé que hizo en mí una especie de revolución interna, renovando aquel sentimiento de repugnancia invencible que me inspiraba mi tío, y reforzándolo con todo el desamor que creí notar en la novia. A la vez me preguntaba con rabiosa curiosidad: ¿Por qué se casa esta mujer?
Tres o cuatro días bastaron para convencerme de que sólo mi madre podía imaginar que en su casa trataban mal a Carmiña. Doña Andrea apenas componía papel, como no fuese el pasivo de un ama de llaves muy antigua, versada en los misterios domésticos, y bastante esclava de su trabajo. Creo que el único privilegio que disfrutaba doña Andrea en calidad de odalisca retirada, era el de sostener conversación más frecuente de lo debido con la bota del vino añejo del Borde o con la damajuana del aguardiente. Por lo demás, hablaba cariñosamente a la señorita de Aldao, y ella, a su vez, mostraba confianza e indulgencia a la criada antigua. Doña Andrea no se salía jamás de su esfera propia, el gobierno interior de la casa, ni aparecía en el salón, ni manifestaba otras pretensiones más que las compatibles con su oficio. Allí la única persona fuera de su lugar me pareció Candidiña. Ni era señorita que pudiese alternar con la hija de D. Román Aldao, ni fregatriz que viviese entre los pucheros: algo tenía de lo uno y de lo otro, y no se explicaba bien su presencia y su ambigua personalidad admitida en la sala y excluída de la mesa. Su hermanita pequeña ocupaba situación distinta, del todo humilde, sin que la diferencia se justificase.
Era evidente que la novia de mi tío no llevaba vida de Cenicienta, ni al contraer matrimonio obedecía al deseo de emanciparse, de reinar en su casa, que impulsa a tantas solteras a acoger bien al primero que las dice algo de amores. ¿Pues entonces a qué? Probablemente sería a la desahogada posición, al porvenir indiscutible de mi tío. No podía menos. Se casaba aquella muchacha, si no precisamente por cálculo, al menos porque no es razonable desdeñar una ventajosa situación. Aunque el modo de proceder de la señorita de Aldao no se pasaba de sublime, tampoco era lícito censurarlo.
Por otra parte, y creyendo adivinar el verdadero móvil de los actos de mi futura tía, yo notaba en ella, al observarla diariamente, en la intimidad del próximo parentesco, la similitud de edades y la vida del campo, algo que contrastaba con los fines razonables y prácticos que le atribuía. Carmiña tenía ráfagas de vehemencia y rasgos de sentimiento que delataban su natural apasionado. A ratos brillaban sus ojos, palpitaban las ventanas de su nariz, y una firmeza singular destellaba en aquel rostro soñador de ascéticas líneas. A mí se me figuraba que debajo de la superficie debía de haber fuego, y mucho fuego, oculto.