Como no soy novelista, no he menester preparar hábilmente las transiciones; y como tampoco soy hipócrita, he de consignar algo que no sé si ha declarado algún observador o moralista. Y es que casi siempre la primer mirada de un hombre a una mujer —hombre en mis circunstancias, mozo y en disponibilidad amorosa— es mirada de curiosidad amorosa también: mirada que dice: «¿Me querría esta mujer a mí? ¿Cómo sería si me quisiese?» Esto no es un alarde de cinismo, ni hacer a la humanidad peor de lo que Dios la hizo: es indicar solamente que el instinto sexual, como todos los instintos, no descansa, aunque lo reprima la razón. Si profesase a mi tío cariño y respeto, hubiese acallado sin pérdida de tiempo la voz confusa del instinto. Pero sucedía lo contrario: mi tío me irritaba, me sublevaba el alma secretamente; y al creer advertir en su novia gérmenes de sentimiento análogo, me sentía atraído hacia ella, por una fraternidad psíquica que iba derecha hacia el enamoramiento.

Sin que hubiese en mí un minuto de duda, sin que la cosa me sorprendiese lo más mínimo ni yo vacilase cinco minutos en confesármelo a mí propio (confesión siempre más fácil que la auricular), deseé y me propuse insinuarme suavemente con Carmiña. La tentación se apoderó de mí con tanta mayor facilidad, cuanto que no habiéndose realizado todavía el matrimonio, ni aun se libró en mi alma el breve combate interior, entre el deseo y las conveniencias.

Para decir la estricta verdad, lo que yo me propuse no fué seducir a la futura ni desbancar al futuro. Sobre que el verbo seducir indica una fatuidad que no padezco, no soy capaz de combinar en frío lo que Luis Portal llamaba drama de familia. Lo único a que aspiré fué a averiguar si eran ciertos mis barruntos, si la novia detestaba al novio, y si a mí podía verme con tierna indulgencia. De buena fe creí que, conseguido esto, se calmaría mi inquietud.

La vida en el Tejo se prestaba a estrechar intimidades. De vuelta del baño tomábamos el desayuno dónde y cómo quería cada cual; libertad sumamente propicia a encontrar a la novia en grato aislamiento, por el huerto o por el jardín. Costábame mucho trabajo, para lograr este propósito, desembarazarme del monaguillo, que me había cobrado afición y se me agarraba como una lapa. Quedábase él tumbado leyendo periódicos, o jugando a las damas con don Román, o cogiendo cerezas y fresas con Candidiña, y yo me escurría en busca de Carmen. Generalmente la sorprendía al salir de la capilla, donde había oído la misa del Padre Moreno. Al hacerme el encontradizo, la ofrecía flores y la daba palique. Hablábamos lo que se puede hablar con una muchacha soltera: de si Pontevedra es un pueblo animado, de las fiestas de la Peregrina, de los bailes del Casino, del paseo, de los amoríos y noviazgos de las amigas, con otras insulseces semejantes. Tuve ocasión para piropearla disimuladamente, ya elogiando lo bien que la sentaba su traje o lo bonito de su pelo, ya convidándola a que se apoyase mejor en mi brazo para andar, alegando que no podía fatigarme tan grata pesadumbre. A estas insinuaciones mi tía no opuso jamás la cara feroce de la virtud. Acogía los requiebros con graciosa sonrisa de malicia, como si dijese: «Bueno, quedamos enterados: es muy amable mi futuro sobrino.» A los ofrecimientos respondía apoyándose en efecto, sin recelo alguno, con una cordialidad decorosa. Ante el airecillo melancólico que adopté un día por variar de registro, dió ella en suponerme enfermo y cuidarme con atención, ofreciéndome toda clase de remedios físicos, cuando yo afectaba solicitar uno moral. En realidad, no encontraba brecha abierta por donde atacar aquel corazoncito.

Analicé su actitud con mi tío. Mientras conmigo, hecho ya el conocimiento, se manifestaba alegre y cordial, al novio le demostraba, al par que sumisión y solicitud complaciente, formalidad y corrección excesivas, que podían tomarse por encogimiento o púdica modestia, pero que a mí, vistas a la luz siniestra que alumbraba mi alma, me parecieron síntomas de frialdad absoluta.

Cuando creí hacer este descubrimiento, percibí un impulso de simpatía hacia la casta novia. Si en efecto sentía por su futuro el mismo desvío que yo, ¿cuál lazo más fuerte podía atarnos? «La repugna. Acaso ella misma no se da cuenta, pero la repugna. Esto prueba su buen gusto, su delicadeza de epidermis. Ya decía yo...» Después, la eterna pregunta: «¿Y entonces, por qué se casa con él? ¿Por qué se casa?»

Mientras me proponía este enigma, continuaba mi respetuoso asedio. Parecíame que lo único indispensable para lograr mis propósitos era el tiempo: se acercaba el día de la boda, y era evidente que aspirando a merecer, no ya la ternura, sino solamente la amistad entera de aquella señorita, necesitaba frecuente y asiduo trato, en que cada hora diese su fruto, poco a poco, como se entreabren, al impregnarse de agua el tallo, las arrugadas y plegadas hojas de una rosa de Jericó. «Naturalmente,» discurría yo al verla tan amable, pero tan reservada en cuanto toca a los asuntos del corazón, «esta mujer no va a entregarme de buenas a primeras la llave del tesoro. No es fácil que yo sepa de su boca las razones que tiene para aceptar al tío.»

Entretanto, la obsequiaba, me tomaba libertades corteses, procurando ganar algunas pulgadas de terreno. La primer broma fué llamarla tiíta. Al principio no le cayó en gracia, pero luego se resolvió a tratarme, chanceándose también, de sobrino. Así que oí de sus labios un nombre que ya suponía cierta familiaridad, pedí permiso para llamarla tití Carmen. Estos dos nombres, el primero tierno e infantil y más aún el segundo con su fragancia de juventud y belleza me parecieron encantadores, y desde aquel momento los vinculé en la señorita de Aldao, a quien no volví a llamar de otra manera.

Hubo un momento en que imaginé que tití Carmen había entrado ya en ese período en que deliberada o indeliberadamente reflejamos algo del ajeno sentir, y por contagio experimentamos el mal que a nuestro lado se padece. Fué una tarde en que mi tío no estaba en San Andrés, sino en Pontevedra, manejando y tocando aquel teclado de la política al menudeo que tan perfectamente afirmaba conocer. Para distraernos, don Román dispuso que saliésemos a pescar panchos en las aguas tranquilas de la ría. Esta pesca se hace en días serenos, dejando ir la embarcación muy despacio, y echando anzuelos cebados con carnada de miñocas o lombrices de tierra. Es en realidad un paseo por mar, a la hora más dulce que se puede disfrutar en el campo. Nosotros ocupábamos una lancha. Tití, sentada a mi lado, me embromaba porque en mi liña no se sentía jamás el nervioso tironcillo del pez, mientras la suya no cesaba de atirantarse y traer a la superficie pesca menuda. Propúsele cambiar de liña, y aceptó el cambio, pero los peces no se dejaron engañar y siguieron desairándome. Aprovechándome de que Candidiña se peleaba con Serafín, y el Padre Moreno, cuya perspicacia me infundía temor, pescando se divertía y gozaba como un chiquillo, me atreví a decir a la tití no sé qué boberías y expresivos rendimientos. Ella respondió sonriendo y mirándome fijamente, con mirada que yo no sabré explicar sino diciendo que parecía hecha de una mezcla de luz y angelical travesura. Si aquello era burla, sería burla adobada con miel, adornada de rosas y sazonada con la dulce sal de la cariñosa risa. De repente, me pareció que los ojos de gloria se velaban con profunda tristeza; que de aquel pecho salía un suspiro... suspiro hondo, el cual no expresaba ni podía expresar más que esto: «Muy bien, futuro sobrino, pero yo por desgracia ya estoy ligada al antipático de tu tío y resulta que no podemos entendernos. Déjate de niñadas, o tendré que decirte tarde piache

Puso fin a la pesca el venir la noche. Regresamos al Tejo a pie, por el camino ya conocido. Hacía luna, esa luna que vista en el campo parece más argentina, más triste, mayor que cuando alumbra las ciudades. Tití iba delante, apoyándose en Candidiña, y algunas veces se volvía para hablar con el Padre Moreno o conmigo. Para acortar, atravesamos por sembrados, y hasta nos metimos en una era, arrostrando la furia de un mastín que quería probar el sabor de nuestra carne.