Al llegar al Tejo, y entrar en la sala donde alrededor de la gran lámpara giraban multitud de mariposillas y falenas, que entraban por las ventanas abiertas de par en par, tití lanzó una exclamación: «¡Ay! ¡Al pasar la era me he llenado de amores!» Comprendí perfectamente el sentido de la frase: era que se habían pegado a sus faldas esas florecillas, o por mejor decir, plantas erizadas de ganchos que se adhieren que no hay modo de desprenderlas. Al punto me arrodillé y empecé a quitar amores por aquí, amores por allí. Los condenados se agarraban al paño de mis ropas; sin variar de postura, alcé los ojos hacia la novia murmurando: «Se me pegan». Mi actitud debió de expresar mucho. Hay movimientos que delatan la pasión.
De allí a poco cruzó la ventana un bicho negro, un murciélago alevoso. Volando con el aleteo torpe y fatídico propio de tales avechuchos, giró varias veces por la sala, apareciéndose en los rincones, donde menos contábamos con él, y batiéndose contra las paredes o cayendo, cuando más descuidados estábamos, sobre nuestras cabezas. Risa va y grito viene, nos armamos todos de lo primero que encontramos: pañuelos, cubiertas de las sillas... y dimos caza al feo monstruo. Serafín fué el primero que le puso la mano encima. A pesar de los agrios chillidos que exhalaba al verse preso, el monago le sujetó, pidió dos alfileres y extendiéndole de punta a punta las alas membranosas, lo clavó contra la madera de una ventana. Después le introdujo en el hocico un cigarro hecho de un rollo o flecha de papel, encendiéndolo con un fósforo; y mientras el animal se estremecía agonizante y convulso, su verdugo le hacía mil visajes. Era una escena grotesca, para desternillarse de risa, y yo me entretenía en saborearla, cuando oí a la novia preguntar impaciente:
—¡Cándida! ¿Dónde está Cándida?
La muchacha no parecía. Entonces Carmen, asomándose a la ventana, exclamó:
—¡Papá, papá! Sube... Ven a ver el murciélago que hemos cazado...
Desde el jardín contestó «voy» la voz de D. Román Aldao, y el vejete entró en la sala echando chispas por los ojos, animadísimo. El suplicio del murciélago le hizo mucha gracia. Pero la novia intercedió por la víctima.
—¡Serafín, deja al pobre animal. Matarlo, bueno; pero atormentarlo no... No seas judío!
XIII
Después de la pesca, todas las tardes vino mi tío a hacer la corte a su futura, y se desvanecieron aquellas vislumbres, acaso imaginarias, de inteligencia entre ella y yo. La boda se acercaba, y notábase en la casa la fermentación que precede a los grandes acontecimientos domésticos. Una mañana fué mi tío al Naranjal con el fin de conseguir que Sotopeña honrase con su presencia la ceremonia; pero el Santo andaba molestado de unos cólicos biliosos, y cabalmente se preparaba a salir para las aguas de Mondariz, sin que la multiplicidad de sus asuntos e importantes ocupaciones le permitiese diferir o modificar sus planes ni veinticuatro horas. Fué esta negativa un parchazo para mi tío, cuya influencia en la provincia crecería al recibir pública muestra de amistad del tutelar de la región, del hombre que alcanzaba popularidad hasta entre sus conterráneos de las Antillas y la América del Sur. El señor de Aldao, en cambio, se tranquilizó cuando supo que no les visitaría D. Vicente. ¿Qué opinión formaría el dueño del Naranjal acerca de las mejoras y ornato del Tejo? El instinto de conservación de la vanidad (que lo tiene, y muy grande) le dictaba a D. Román el recelo de que Sotopeña pudiese reirse, allá en su interior, de las bolitas tornasoladas donde se reflejaba el paisaje, de los bustos de yeso, de los cristales de colorines de la capilla, del gran escudo de boj que dibujaba las armas de los Aldaos, del invernáculo hecho con vidrieras, y, por último, de todo pormenor y requisito de la boda y convite.