—¡Válgame Dios! —suspiró el fraile—. Qué ceguera... y permíteme la frase, ¡qué estupidez! ¡caramelo! ¡A su edad! ¡A su edad!
—Figúrese usted que ha llegado al extremo de decirme: «No me caso porque es un desatino; pero si Cándida sale por una puerta saldrás tú por otra...» Y con un tono y un aire, que... Más lágrimas lloré entonces que si mi padre se hubiese muerto. ¡Si se hubiese muerto en gracia! ¡Ojalá! ¡Mil veces verle de cuerpo presente y no así, enlodando sus canas!
Al decir esto la señorita de Aldao me pareció hermosísima. Sus ojos centelleaban y el entusiasmo y la indignación hacían palpitar las alas de su nariz. Su seno se alzaba y deprimía a intervalos. El fraile la miraba consternado.
—¡Tienes razón que te sobra! —exclamó al fin—. ¡Cuánto mejor sería morirse que encenagarse en asquerosos pecados! Morir es la ley natural: todos hemos de pagar ese tributo... pero chiquilla, al menos no paguemos otro al demonio, para que se ría de las indecencias con que nos engaña... ¡Qué poca cosa es el hombre, hija, y por qué cochinadas se pierde! El pecado de Luzbel era la soberbia: mal pecado es, pero siquiera no es sucio y nauseabundo... ¡eff! y el fraile hizo el movimiento del que retrocede viendo un bicho asqueroso.
—Por desgracia —añadió la señorita, tratando de serenarse—, aquí hay de todo, y la soberbia toma mucha parte en el asunto. Si no fuese por la soberbia, papá se casaría con esa chiquilla que le sorbe el seso, la gente se reiría un poco, es decir, mucho... pero no habría delito ni vergüenza: no vería yo a mi alrededor lo que tan amargos ratos me ha costado... y además... no tendría...
Aquí titubeó, decidiéndose al fin.
—No tendría necesidad de casarme yo.
La revelación entrañaba tal gravedad, que el fraile se quedó suspenso, moviendo la cabeza y apretando los labios, como el que dice para sí: «Malo, malísimo».
—De modo que tú... Sin empacho, Carmiña, que aquí en cierto modo estamos en el confesonario. Tú no te casas gustosa.
—Sí, señor; me caso gustosa porque lo he resuelto, y cuando yo resuelvo las cosas... Formé la resolución el día en que mi padre me dijo que si Candidiña salía, saldría yo también. Todo, menos oir y ver lo que tengo oído y visto. No puedo protestar de otra manera: el respeto filial me ata las manos, y hasta la lengua. Pero la sanción de mi presencia... ¡eso no!