—Sí, la he reparado... Es... ¡Caramelo, qué apuro!

—Es de judío —afirmó terminantemente la novia—. Le parecerá a usted extraño que lo diga... No me atrevo a decirlo sino a usted. Es de judío; sí; clavada. Por eso, al preguntarme usted si me repugna... me he quedado indecisa. Esa cara... me ha costado bastante trabajo acostumbrarme a ella. Ni le llamo feo ni bonito: ni eso me importaría gran cosa, si no fuese...

Oía yo con toda mi alma, cuando, por una circunstancia ajena a la conversación, se apoderó de mí verdadera angustia. Es el caso que creí sentir que la rama en que a horcajadas me sostenía empezaba a crujir con lentitud, como avisándome de que no estaba hecha a soportar aves de mi tamaño. No obstante, seguí atendiendo.

—Pues, mujer —decidió el Padre—, con esa antipatía o repulsa, porque en realidad me parece que lo es, no debieras casarte; no. Al menos, consulta tus fuerzas... Medita bien lo que es el estado de casada. Considera que el marido que tomes, agrádete o no, es el compañero de toda tu vida, el único hombre a quien te es lícito querer, el que va a ser contigo en una carne; así, así dice la Iglesia: en una carne. Él será el padre de tus hijos, y le debes, no sólo fidelidad, sino amor... ¿entiendes?: te lo voy a repetir: ¡amoor! Chiquilla... reflexiona, ahora que todavía estás a tiempo. No te apures: ya sé que sería un alboroto deshacer el casamiento; pero mientras no exista indisoluble lazo... ¡pch! son cosas que dan pábulo a las lenguas de los necios un par de días, y luego se las lleva el aire. Lo otro, hija... la muerte, sólo la muerte de uno de los consortes lo remedia. ¿Tú te haces cargo de lo que significa el sacramento del matrimonio? ¿Sabes lo que es un esposo para la mujer cristiana? Quiero que te fijes bien. No digas luego que tu amigo Moreno no te avisó.

Al llegar aquí un sudor frío, sudor de congoja, empezó a asomarse a mis sienes. No era aprensión: la rama crujía. No bastaba el peligro de una caída desde tan alto para asustarme en aquel momento: más me fatigaba la vergüenza de ser sorprendido en indiscreto e indigno espionaje. Porque entonces veía claro que el espionaje era indigno, mi curiosidad una ofensa, y mi emboscada una mala acción. Los crujidos de la madera seca, aquel sordo y agonioso ¡crrraá! ¡crraá!, me decían en su lengua obscura y truncada: «Impertinente entrometido, novelero, mamarracho.» Y creía escuchar la voz recia y despreciativa del Padre, abofeteándome con estas palabras categóricas: «Ya le había yo calado a usted. Ya noté que usted nos espiaba. Necio, creyó usted que todos éramos esclavos complacientes de la materia, y que esta señorita y yo... Habrá usted visto con rubor que existen personas decentes.»

Renunciando a oir lo que faltaba del diálogo, probé a escurrirme por la rama abajo, cabalgar en otra, y, de rama en rama, descender hasta el salón de baile, y de allí a tierra. La operación, como gimnasia, no era difícil; pero imposible realizarla sin hacer ruído, y un ruído que tenía que llamar la atención de los dos interlocutores y delatar al punto mi acecho. Ya los tanteos y ensayos que practiqué para medir la distancia causaron un susurro prolongado entre el ramaje. Único arbitrio: tener calma, aguantarse, no respirar, encomendarse a Dios y esperarlo todo de la firmeza y complacencia de la rama... Con este propósito hice por no apoyarme fuerte, y me quedé medio en el aire, en posición sumamente violenta. Lo que me desesperaba era no poder atender bien a la conferencia, entonces más animada que nunca. No sé si habré oído bien la última parte: se me figura que así, poco más o menos, habló la novia:

—Claro que no podemos prescindir de la gracia de Dios: pero creo que no es vanidad el asegurarle que he de cumplir con los deberes que me impongo. ¡Si usted supiese, Padre, cómo me suena a mí eso del deber!... Con toda la verdad de mi alma, si me figurase que había de faltar a él andando el tiempo, quisiera morirme mil veces antes. Ni mi padre, ni mi marido, ni Dios han de tener nunca queja de mí. Así viviré... o moriré contenta. De otro modo... ¡me ahogaría! Me caso a sabiendas... las circunstancias me ponen en esta situación especial... pues a sabiendas seré buena. No quiero disculpas anticipadas. Seré buena... aunque se hunda el mundo.

Ríase el lector: estas palabras me volvieron loco de entusiasmo, hasta hacerme olvidar mi posición difícil. Me levanté como para aplaudir, tendiendo las manos hacia la tití angelical. Cuando por inevitable movimiento descendí pesadamente sobre la rama, oyóse un estallido formidable, que me sonó como el fragor de la más desencadenada tormenta; y sin dilación comprendí que caía, que caía despacio, sirviéndome de paracaídas el extenso y tupido ramaje, pero causándome contusiones y arañazos sin número los picos de las ramas menudas y los gallos de las gruesas. La caída se me figuró que duraba un siglo: y en medio de mi trastorno, creí oir arriba, en lo alto del árbol, exclamaciones, gritos, clamoreo confuso.

Al fin mi bajada se aceleró, desgarróse no sé qué prenda de mi ropa y me aplané, la faz contra tierra, sobre el césped. No sé cuál fué más pronto, si dar en el suelo o rebotar lo mismo que una pelota de goma y echar a correr como ciervo perseguido. Lo que yo pretendía era esconderme, desaparecer, encubrir si era posible mi delito y mi ridículo fracaso. Y este pensamiento me espoleó, me dió alas y hasta creo que aguzó mi instinto llevándome a meterme en la calle de frutales, entoldada toda, refugio el más seguro, pues no me verían desde el Tejo. De allí al bosquecillo no había un paso: y del bosquecillo al merendero de madreselva, cortísima distancia. A él me subí, y sin reparar en mis ensangrentadas y arañadas manos, sin notar las consecuencias de la caída, excitado, loco, me descolgué por el muro, y fuera ya de la huerta, no me creí salvado hasta que, por atajos y veredas, a escape, llegué a la playa. «Coartada segura... Yo estaba bañándome.»

Y me desnudé en un periquete.