—Como hables de caídas...

—Bueno, hablaremos de lo que usía disponga... ¡Ne in furore tuo arguas me!

—Voy a argüírte con un zapatazo si no callas...

—Ey... no vale arrimar piñas. Arribiña, que ya están poniéndole cascabeles a la novia... ¿No oye la orquesta del teatro Real, Imperial y Botánico? Pues toca que se las pela.

En efecto, del patio subían notas ligeras, campesinas, que parecían danzar con alegría pastoril. Eran los gaiteros afinando y preludiando la alborada. Aquella música fresca, jubilosa, me oprimió el corazón. Haciendo un esfuerzo me levanté. Parecíame notar en el pecho una especie de malestar depresivo, como si tuviese allí una piedra de mucho peso, un malestar intolerable. De mala gana me lavé, me vestí lo mejor que supe, y bajé a desayunarme. Otro tanto hacían la mayor parte de los convidados a la boda. Noté que el señor de Aldao estaba inquieto, y supe que su inquietud provenía de una carta recién llegada del Naranjal. Escribíala, en nombre de don Vicente Sotopeña, su ahijado y protegido Lupercio Pimentel; el cual, después de muchas y muy corteses felicitaciones y grandes protestas de amistad hacia mi tío se declaraba comisionado por don Vicente para asistir en su nombre, ya que no a la ceremonia, a la comida. Y aquí de los apuros de don Román, temeroso de que no hubiese todos los perfiles que requería la presencia de tan importante persona. Casi hubiera preferido Aldao tener que habérselas con el mismo Santo. Este al fin era la quinta esencia de la llaneza, y en dándole platos regionales y bromas en dialecto, en ninguna falta repararía. En cambio el ahijado... ¡Dios sabe! Joven, elegantón, acostumbrado a los festines de la corte...

Despachado el chocolate entramos en la sala, se oyeron en el pasillo voces femeniles, exclamaciones, y apareció la novia rodeada de varias amiguitas pontevedresas convidadas a la ceremonia y seguida de Candidiña, de doña Andrea, de la chiquilla, que se atropellaban por contemplarla mejor.

Carmiña Aldao venía pálida y ojerosa: sus ojos negros tenían el cerco cárdeno que pintan las noches de insomnio. Lucía el traje blanco de red de perlas, mantilla negra sujeta con joyas, un ramito de azahar natural en el pecho, rico pañuelo, guantes largos, devocionario y rosario de nácar. Después de saludar a su novio, que le dió los buenos días algo cohibido, y de sonreir a los demás, se quedó sin saber qué hacer, plantada en mitad del saloncito; pero cuando el señor de Aldao, a un movimiento de cabeza de mi tío Felipe, contestó diciendo «Vamos», la señorita se adelantó y con sencillez y viveza se acercó a su padre: «Perdóname si en algo te he ofendido», le dijo en voz vibrante aunque contenida, «y dame tu permiso, para que sea feliz.» Al pronunciar estas palabras, clavó en su padre una mirada elocuente, profunda, casi terrible a fuerza de concentración. El señor de Aldao volvió la cabeza murmurando un «Dios te bendiga». Creo que noté en sus pupilas cierto brillo... Hay cosas que crispan las nervios. Las amiguitas se dedicaron a arreglar a la novia los volantes, a recoger las perlitas del bordado, algunas de las cuales andaban por el suelo ya. Y sin darnos el brazo, en formación desordenada, nos encaminamos a la capilla.

Esta estaba fragante de flores, toda tapizada de helecho y anís, iluminado el altar con infinitos cirios. La ceremonia fué larga, porque se casaron y velaron a un tiempo. Escuché el claro de la esposa y el opaco del esposo. Oí leer la que todo el mundo llama epístola de San Pablo, aunque no lo sea. Allí el marido era asimilado a Cristo, la mujer a la Iglesia; y en confirmación de esta superioridad viril, la bordada estola cayó sobre la cabeza de la novia a la vez que sobre el cuello del novio. Carmiña Aldao, cruzando las manos sobre el pecho, inclinó la frente sometiéndose al yugo.

Había entre el concurso de espectadores aldeanos y aldeanas, venidos por curiosidad, y que se empujaban, con murmullo respetuoso, a fin de ver algo por encima de las cabezas del señorío. Cuando se hubo terminado la misa, estallaron los cohetes, las gaitas del país dejaron oir su ronquido característico, y la gente se agolpó, saliendo en tropel, la novia rodeada de sus amiguitas, que pellizcaban pétalos y gromos de azahar y la besuqueaban. Fué un momento embarazoso. ¿A dónde ir, qué hacer, con qué entretener a la reunión? Castro Mera, que era joven y animado, propuso que nos trasladásemos al Tejo, que sacasen el piano al jardín y que armásemos baile, mientras los novios y el Padre Moreno se desayunaban, pues por la misa y la comunión no habían podido hacerlo.

Se aceptó la idea. Aún no había empezado el baile, cuando volvió a aparecer la novia, ya sin mantilla; había tomado un sorbo de chocolate y venía a cumplir sus deberes de sociedad. El primer rigodón lo tocó ella, desde el jardín. El segundo una señorita pontevedresa, y Castro Mera lo bailó con la que ya puedo llamar mi tía. Después, una señorita de San Andrés propuso un vals de vueltas. Yo había bailado los rigodones arrastras, sólo porque no cayesen en la cuenta del molimiento y dolor de mis costillas; pero apenas oí vals, me pasó por la mente un verteriano relámpago. «La abrazaré antes que la hayan tocado los brazos de su novio». Y levantándome con ímpetu, olvidado ya de la caída, la propuse el vals. Se negaba sonriendo, pero las amiguitas la empujaron, y entonces, haciendo un gesto que podría significar «así como así ya es la última vez», colocó su brazo izquierdo sobre el mío y dejó que con el derecho rodease su cintura.