¡Ay Dios! Fuerzas, fuerzas para no gritar, para no desfallecer... Con su traje blanco, ajado ya de tenerlo puesto tantas horas, venía hechicera. Lo primero que hizo fué asomarse a la ventana, como si le faltase aire para respirar. Allí permaneció algunos minutos, y yo distinguía la línea bonita de su espalda, y comprendía o creía comprender sus pensamientos. Luego se quitó de la ventana y se miró un rato al espejo, a mi entender con más curiosidad que coquetería. Parecíame que la consulta al espejo respondía a la idea siguiente: «Veamos qué cariz se me ha puesto desde el gran suceso de esta mañana.» Luego, con una agilidad que demostraba el hábito de prescindir de la doncella, empezó a quitarse pendientes, aderezo, pulseras, broches, alfileres, dejándolos sobre el platillo de cristal, cuidadosamente, con aquel inteligente reposo que caracterizaba sus movimientos puramente mecánicos, donde no entraba la pasión. Y subiendo los brazos, se desprendió una por una las horquillas del pelo. Entonces ví suelto y en toda su belleza aquel magnífico adorno femenil. Destrenzado, cayó con blando culebreo primero hasta la cintura, luego hasta cerca de la corva, en olas negrísimas. Una inquietud cruel se apoderó de mí. El destrence y soltura de cabellos me pareció prólogo de otras licencias de tocado íntimo que iba a presenciar... y que sólo con imaginarlas ya me encendían la sangre en furor doloroso. Por fortuna —me pondría otra vez de rodillas para dar gracias—, ví que la emancipación del pelo no era lo que yo suponía, sino un preparativo de comodidad, pues no tardó en pasarse el batidor y recoger toda la mata en moño bajo, con gran sencillez. Terminada esta operación, puso el codo en el tocador y apoyó la mejilla en la palma de la mano, apretando los labios y moviendo de alto abajo la cabeza, como el que lucha con graves reflexiones. En su rostro distinguí una contracción penosa: tenía la cara del que, ya a solas, se entrega libremente a la preocupación y permite al semblante expresar lo que siente el alma. Sus pupilas se nublaron; inclinó la cabeza sobre el pecho; abandonó las manos en el regazo, y... aquello sí que lo oí claramente: suspiró, un suspiro profundo, arrancado de las entrañas... Luego alzó la frente y permaneció algunos minutos fijos los ojos en un punto ideal del espacio, probablemente sin mirar. De repente respiró fuerte y se levantó, como quien adopta una resolución decisiva y firme. Y en el mismo instante...
¡Ay! ¡No quiero ver, no quiero! Un hombre penetra en la cámara, furtivo, serio, acortado e irresoluto... Si mi ojeada tuviese el poder de la del basilisco, allí mismo se cae redondo el novio, muerto, carbonizado por el rayo de mi voluntad. Sobre el marco de la ventana se dibujó la silueta del deicida, y ví brillar su blanca pechera. Las bujías alumbraban de lleno su cara, más repulsiva que nunca, su barba de cobre, sus ojos impíos, que yo me sentía capaz de arrancar... Detrás de mí sonó clara y distinta una risa necia y burlona. Me volví, me incorporé y divisé al monago, a gatas, inclinando sobre otra rendija del piso. Aún empuñaba la navajilla con que la había ensanchado.
Estremecimiento homicida ocurrió por mis venas: temblando de rabia ceñí con mis manos la garganta de Serafín, y cortándole el resuello, grité: «Te parto, te deshago, te ahogo ahora mismo si vuelves a mirar. ¿Lo oyes, escuerzo? ¡Pobre de ti como nunca apliques los ojos a esas rendijas! Te asesino, sin remordimiento ninguno».
—Pues tú bien mirabas... ¡piñones! ¡pateta! —chilló el infeliz, casi hipando, cuando le permití resollar—. ¡Vaya unos modos! ¡Pateta! ¡Me ha clavado los dedos en la nuez!
—Yo no miro ya... ni tú tampoco... Éramos unos brutos... Si tuviésemos decencia, no se nos hubiese ocurrido ni la idea de mirar. Serafín, Serafín, no somos bestias, somos hombres. ¡No, mirar no!
—Ahora lloras... Estás loquito, vamos —exclamó el aprendiz de teólogo.
—Tú serás el loco y el energúmeno —contesté, haciendo un esfuerzo para reprimir las ridículas lágrimas que se me quedaban ardiendo entre los párpados—. Yo no lloro. Si llorase, sería de vergüenza de haberme arrodillado ahí. Voy a acostarme; pero como no estoy seguro de que tú no te pongas otra vez en cuatro pies, voy a amarrarte a la cama.
—No; formal, formal, Salustiño... ¡Pateta! —gritó el intransigente, aterrado—. No me amarre, que doy palabra de honor de no mirar...
—¡Palabra de honor! Buenos están los tiempos para honores... No hay confianza en la cuadrilla. No te haré daño, infeliz... Ya verás cómo no te hago daño.
Conforme lo dije, así se hizo. Le até las manos con un pañuelo, el cuerpo con una toalla. El menor movimiento le bastaría para desprenderse; pero estaba tan acoquinado y subyugado, que ni se rebulló. Sólo gemía de tiempo en tiempo. Yo me tendí en la cama. ¿Quién dormiría en mi caso? Transcurrieron las horas de aquella interminable noche, y las entretuve volviéndome y revolviéndome, ocultando la faz en el hueco de la almohada, cubriendo con las manos, oídos y ojos, como si unos y otros se viesen obligados a sufrir el martirio de los sonidos y de las imágenes que envenenan los celos. Al amanecer salté del potro, me lavé, me arreglé; no dí suelta a Serafín; recogí mi ropa, y sin despedirme de nadie, sin ver a nadie, bajé a San Andrés, y de allí a Pontevedra y a Ullosa, a manera de quien huye del lugar donde se ha cometido un crimen.