A ambos lados del tocador ardían, en sendos candelabros de latón con colgantes de cristal, velas color de rosa. Detrás de la gran cama de bronce dorado, encima de la mesa de noche, otra vela, en menuda palmatoria de porcelana. Por el tocador, sobre la mesa, sobre el escritorio, en jardineras pendientes de la pared... flores, flores, flores, particularmente rosas. ¡Profanación de la naturaleza! ¡Rosas para aquella noche nupcial!
La propia soledad del sitio, el misterioso silencio, de tal manera iban soliviantando mi fantasía, que pensaba respirar el olor de las rosas, su perfume regalado difundido en la atmósfera tranquila. Creía oir al través de la ventana abierta la voz del ruiseñor, que a horas semejantes cantaba en el naranjo grande, y sus revoloteos en las enredaderas del patio. La blancura de las entreabiertas sábanas; la dulce paz de la habitación; la gracia del tocador de muselina y encajes, cuyos pliegues caían vaporosos hasta el suelo, todo me causaba exaltación y furia, acrecentando el desconcierto de mi alma. Mis sienes latían, y sentía en los oídos como el retumbar de un borrascoso oleaje: la posición en que me había colocado agolpaba a la cabeza la sangre, y me inspiraba deseos de rugir. El monillo eclesiástico me tocó en el hombro.
—¡Eh, monsiú, compañero... que eso no es lo tratado! —gruñó—. ¡Yo también soy de Dios y tengo los ojos para ver!
—¡Si no callas, te trituro! —respondí con ferocidad.
—¡Pues a lo menos, cuéntame lo que veas!
—¡No se ve nada, cernícalo! —respondí—. ¡Nada, nada, nada!
—¿No llegaron aún los cómicos? ¿No se ha levantado el telón? ¿No toca la orquesta?
—¡He dicho que te calles inmediatamente! —grité con ira.
Desde aquel instante el intransigente guardó silencio, aunque luego comprendí que no era por prudencia ni por virtud.
Yo seguía acechando, sin hacerle caso maldito. La cámara nupcial continuaba vacía, sugestiva, tentadora. Veía con desesperante claridad los detalles menores: sobre un plato de cristal, horquillas; en un acerico, alfileres; en el centro de las almohadas un escudo enorme, ricamente bordado; en la pila de agua bendita, una rama de boj... Conté las falenas que entraron por la ventana a abrasarse en la luz; conté las lágrimas de cristal de los candeleros... Me pareció que el corazón se me rajaba cuando escuché voces en la puerta, un rumor confuso de despedida; se alzó el pestillo, y penetró en el dormitorio, con paso ligero y algo azorado, una persona sola; tití Carmen...