Al subir la escalera de la torre, se me vino a la memoria que llevaba en el bolsillo la llave del cuarto de Serafín, y que era preciso ver cómo lo pasaba el aprendiz de clérigo. «¿Estará roncando esa calamidad?», pensé al abrir la puerta. Yo amparaba con la mano la luz de la palmatoria, tratando de distinguir lo que hacía el pobre borrachín. Según miraba hacia la cama donde juzgué que estaría tendido, a mis pies, del suelo donde permanecía a gatas, alzóse el monago como un jimio, riendo y enseñándome la fea dentadura.

—Mostrenco, ¿qué haces ahí? —le dije—. Buena la armaste hoy. Lástima de azotes. ¿Rezabas por tus pecados? Ea, a la cama inmediatamente, o te doy una mano de nalgadas.

Se incorporó. Los ojillos rebrillaban con gatuna fosforescencia; la cara estaba desencajada aún, y el erizado pelo rojo completaba lo extraño y diabólico de su catadura.

—No me da la gana de dormir... —contestó rechinando los dientes—. Tengo función de balde, en palco principal. Balcón de preferencia.

—¿Qué dices, escuerzo?

—Lo que es verdad. Mire por ahí.

Repentina luz me alumbró, y arrodillándome presuroso, apliqué la vista al punto que señalaba el monago.

El cuarto de los novios caía exactamente debajo de la torre: yo lo sabía, y lo recordaba en aquel instante, antes de mirar, con súbita lucidez. No era el techo de cielo raso, sino de madera con vigas y pontonaje; y al través de una rendija del piso nuestro como estuviese iluminada la habitación inferior, veíase perfectamente, con total claridad, cuanto en ella ocurría.

Una crispación me contrajo los nervios, al convencerme de que, en efecto registraban mis ojos la cámara nupcial. ¡Era verdad, la veía, la veía! ¡Atroz descubrimiento! Me contuve para no gritar y permanecer inmóvil, en vez de arañar el piso y contundir sus tablas con necia cólera.

Por fortuna, por casualidad, por disposición de Dios, en aquella alcoba no sucedía nada. Hallábase enteramente vacía y desierta.