—No se formalice, ¡caramelo! Óigame con tranquilidad, si puede. Es la de usted una jumerita... muy por lo serio y lo sublime, lo cual revela que tiene usted en el fondo del alma un depósito de buenos sentimientos que salen a la superficie cuando es usted menos dueño de sí; precisamente al punto que habla usted con entera libertad, ex abundantia cordis. Esto observo, y se lo declaro con la sinceridad propia de un religioso, que no disfraza su pensamiento ni se anda con repulgos. Más le voy a conceder. Pudiera suceder que usted, en medio de su... alteración, vea claramente el porvenir y sea profeta al sostener que este matrimonio ha sido, humanamente hablando, un desacierto. Pero usted prescinde del auxilio de la gracia y de la Providencia, que no falta nunca a los buenos, a los sencillos de corazón, a los que cumplen sus deberes y fían en la palabra de Cristo. La paz del alma es un bien real entre los muchos bienes falsos que ofrece el mundo. No compadezca usted a su tía, ni a mí, ni a nadie que ande derecho y sepa reirse de la materia... La bienaventuranza no existe por acá, y nosotros, los que aparentamos mortificarnos, somos realmente unos egoistones: sacamos más partido de la vida que nadie.
Las razones de Moreno penetraban en mi cerebro como el hierro en la herida. Mejor dicho: no eran las razones mismas, sino el tono de convicción y veracidad con que iban pronunciadas, ayudando a que me produjesen tal efecto mi situación de ánimo y la ternura bobalicona que infunden las jumeras «por lo fino y lo sublime», como decía el Padre. Ello es que remanecieron en mí las filosofías pesimistas y los deseos de dar al traste con la pícara existencia, o al menos con sus nocivas ilusiones: y reprimiendo la tentación de abrazar al fraile, exclamé:
—¡Ay, Padre! ¡Cómo acierta usted en eso! ¡Quién tuviera sus creencias y vistiera un sayal! Explíqueme usted si puede entrar en el convento un racionalista. Yo creo que sí. ¡Estoy más triste..., más triste...! ¡Parece que se me acaba la vida!
El fraile me miró con singular perspicacia. Sus ojos eran dos escalpelos que me registraban el corazón, que me disecaban los tejidos. Su acento adquirió inflexiones duras al decirme:
—¡Cuidadito que no se le acabe a usted nunca la vergüenza, ni el propósito de conducirse como persona digna! Aunque bien mirado, siempre que no se les acabe a los demás..., haga usted lo que quiera.
No torcí la cabeza, no entorné los párpados, no me sonrojé. Si las pupilas del fraile acusaban, las mías confesaban explícitamente: retaban casi: «Conformes: tú me adivinas, yo no me oculto. Ante mi ley moral, lo que siento no es ningún crimen. El crimen es haber bendecido ese matrimonio.» Le volví la espalda, y saltando el vallado me interné en las tierras.
XVIII
No sé si por impulso de alejarme del Tejo o por deseo de mayor soledad, me dirigí muy despacio hacia la playa. Era de noche ya. La luna, que se había alzado roja e inflamada, recobraba al ascender al cielo su serena placidez, y las olas del mar, dormidas también y arrulladoras, venían a estrellarse a los pies del peñasco donde me senté aturdido de pena, dispuesto a entregarme a todos los sueños y quimeras de la imaginación, recalentada por el trasabor del champaña. El blando rumorcillo de la encalmada ría; el trémulo rebrillar de la luna sobre la superficie del agua, y la misteriosa efusión de la Naturaleza, me predisponían al monólogo siguiente: «Si hoy nos hubiésemos casado ella y yo, despacharía a los importunos y me la traería aquí del brazo; la sentaría junto a mí, en esta misma peña, que parece hecha a propósito para escena tan inolvidable. Ciñendo su cintura, reclinando su frente sobre mi pecho, sin asustarla, sin herir su pudor, iría preparándola suavemente a compartir el arrebato de la pasión; a transigir gustosa con el fatal desenvolvimiento del amor humano. Y los instantes más bonitos, los instantes deliciosos en que pensaríamos toda la vida... serían estos, estos. ¡Qué gozo callado y profundo nos abrumaría! ¡Qué silencio el nuestro tan dulce! Tal vez una ventura así será demasiado grande para que la resista el corazón. Pesa tanto, que no hay quien pueda con ella. Por eso dura poco y se encuentra rara vez. Y —decía yo prosiguiendo en mi soliloquio— el caso es que esa felicidad ya no la catas nunca, hijo mío. Tití Carmen es como todas las mujeres, que sólo tienen una inocencia. Hoy la perderá; hoy otro hombre corta la azucena; hoy profanan lo que más respetas en el mundo. Por muchos años que transcurran y muchos favores que consigas de esa mujer, no te será posible traértela a una playa, con luna, de noche, por caminos donde a un lado y a otro crecen madreselvas, a probar emociones no sentidas, a entrar en la vida por la puerta de la ilusión.» En substancia, y sin duda en más desordenada forma y con mayor viveza de imágenes, ved aquí lo que se me ocurría durante el paroxismo de la pena, mientras luchaba con el abatimiento que causa la semiembriaguez. Un pensamiento flotaba confusamente dominando a los restantes. «Si el dueño de Carmen no fuese mi tío, yo no estaría tan llevado de los diablos. Mi entusiasmo romántico por ella es la eterna prevención contra él, que adquiere otra forma.»
Subí al Tejo más desesperado que si me aquejase alguna tribulación real y positiva. Creo que en el camino arrojé y pisé con furia la rama de azahar tan solicitada por la mañana. Me dominaba para no hacer mayores extremos, y al entrar en la quinta huí de la gente y me fuí derecho al dormitorio, deseoso de tumbarme sobre la cama para blasfemar o revolcarme o aletargarme vencido por el cansancio.