—¿Me supone usted borracho? —grité irguiéndome en fiera actitud.

—Le doy a usted mi palabra —declaró con espontaneidad— de que no creo que se encuentre usted en ese estado vergonzoso. Únicamente quiero decir que el vino le ha exaltado algo, produciéndole esa perturbación moral más bien que física, que se traduce en hablar disparates ordenados, intervenir en lo que no nos compete y arreglar el mundo a nuestro modo, ¡caramelo! cuando quien debe arreglarlo es Dios.

—Bueno: y si yo le dijese a Carmiña lo de romper el matrimonio... ¿qué respondería?

—Le aconsejaría que se cuidase, y probablemente en estos términos: «Mójate la cabeza, hijo, que la tienes hecha un horno.»

—Según eso, ¿usted cree que no hay remedio ninguno? —exclamé con vehemencia y dolor—. ¿Que debemos dejar consumarse la iniquidad y sobrevenir la catástrofe cruzados de brazos? ¿Pero usted no conoce a mi tío? ¿No se da usted cuenta de las condiciones de su carácter, de la pequeñez y vileza de su alma, sobre todo ante la bondad de esa mujer incomparable, a quien usted debe respetar como a la Virgen María, porque es tan bue...?

No pude proseguir. Amostazado ya y encendido de cólera, con todo el empuje de su carácter y el brío de su condición, el fraile me tapó la boca apoyando en ella su ancha mano.

—¡Caramelo y recaramelo! que me dan ganas de mandarle a usted bien sé yo adónde, y le mandaría, si no viese el estado anormal en que se encuentra. Serafín bebió el pajarete y usted tiene la humareda en los cascos. Antes no lo creí, pero ahora... Yo no concebía que fuese jumera lo de usted; mas si se me va por los cerros de Úbeda, el mayor favor que puedo hacerle es suponerle alumbrado.

Retrocedí ofendido.

—¡Padre!... hay que mirar lo que se dice, y no herir...

Pasando sin transición del enfado a la cordialidad, él me dió una palmada en el hombro.