—No, señor... Aguarde usted; déjeme explicar... Me podrá usted vencer en prudencia, Padre Moreno, y en esta ocasión lo reconozco; pero en pureza de intención y en altura de propósitos... ¡Lo que es en eso...! Con todos sus votos no me gana usted, lo juro a fe de hombre honrado.
—Admito, y no es poco admitir —murmuró reposadamente el fraile—, que eso sea verdad; y lo admito, porque me ha sido usted simpático desde el primer momento, porque me ha parecido conocer y discernir bien su carácter, y no veo en usted malicia diabólica, ni corazón dañado, ni perversidad ninguna. Vamos, no dirá que no le hago justicia. Pero en el caso de que tratamos, se me figura que adolece usted de un romanticismo impertinente, que le lleva a desfacer entuertos como D. Quijote, y de ese prurito de curiosidad malsana que nos induce a meternos en lo que no nos importa, ni nos ha dado Dios misión de arreglar.
—Es que la boda de mi tío...
—Podrá preocuparle a usted por lo que afecta a sus intereses; pero si por Carmiña va a ser feliz o desgraciada, o es buena, o es mala... En eso tiene usted tanto que ver como yo en los asuntos del Emperador de la China. Igualito, señor don Salustio; y no parece regular pretender, por medio de una indiscreción, entrar en el santuario de un espíritu y en los repliegues de una conciencia.
—Padre —contesté con firmeza, porque me estimulaba el enojo de la reprimenda y la misma certeza de mi culpa—, usted dirá lo que quiera del proceder mío; respetaré sus dichos, no por el hábito que viste, y que ante mis convicciones no significa gran cosa, sino por la dignidad con que usted lo lleva. Quedamos en que soy indiscreto, imprudente entrometido, y cuanto usted guste agregar; pero eso no me quita la razón cuando auguro mal de una boda hecha en ciertas condiciones y circunstancias. Ya que no ignora usted que tengo motivos para estar enterado, pues reconozco el delito del espionaje, no me niegue que lo que hoy hizo usted en la capilla es la sanción de un desastre horrible...
El fraile seguía mirándome cada vez más fruncido de ceño. En otras circunstancias acaso me contendría su desagrado evidente; pero en aquel instante, no había quien pudiese reducirme al silencio: le así del brazo y le dije con fuerza:
—Oiga usted, Padre. Los matrimonios no consumados son muy fáciles de deshacer dentro del derecho canónico. Mejor que yo lo sabrá usted. Hábleme con sinceridad: apelo a su honradez. Podemos evitar una desgracia grandísima. ¿Le parece que me acerque a la señorita de Aldao y la diga?: «¡Pobrecita!, tú no comprendes en la que te has metido, pero estás a tiempo: no es válido tu matrimonio: protesta y échalo todo a rodar. No quieras completar el daño. Líbrate de esa cosa atroz... En tu inocencia no puedes imaginarte lo que es ser esposa de mi tío. Un horror... mira que te lo aseguro. No llegue yo a verlo. Antes cieguen mis ojos. El Padre Moreno, hombre de bien, te aconseja lo mismo. Anda valor... rompe, rompe la cadena... Yo te ayudaré, y el Padre Moreno, y todos... ¡Ánimo!»
—Lo que juro —afirmó el fraile— es que está usted loco o va camino de ello. Y si no... ¡Tate!...
Dióse una palmada en la frente, y añadió:
—¿Cuántas copas de Jerez han caído hoy, caballero?