Los sentimientos del fraile estaban en aquel momento tan conformes con los míos, que le hubiese abrazado de buena gana. Y cediendo por segunda vez al prurito de desahogarme, indiqué sentándome en el vallado:

—A mí, Padre Moreno, esta boda me parece un puro disparate; o mucho me engaño, o va a traer consecuencias funestísimas. Carmiña es un ángel, una santa, un sér excepcional; y mi tío... ¡Qué sé yo!... Tengo mis motivos para conocerle.

Mudó repentinamente de aspecto la cara del Padre. Sus ojos se tornaron severos: su entrecejo se frunció: recogióse su boca pasando de la amabilidad a la seriedad, a la austeridad casi. Ví en su fisonomía una expresión que tenían rara vez: era el hábito saliendo a la cara: eran el fraile y el confesor que reaparecían bajo el hombre afable, cortés, comunicativo, humano.

—Habla usted con ligereza —declaró— y perdone que le ate corto. Tal vez crea tener algo en qué fundarse, y a la verdad, siento que me obligue a recordar eso... Quería olvidar que fué usted más imprudente y curioso de lo que corresponde a una persona, que por su educación y el objeto científico de su carrera debe dar ejemplo de seriedad a todos. Ya sabe usted que no aludí a este asunto... Si usted mismo me presenta la ocasión no la desperdiciaré. Creo que obró usted así por aturdimiento natural en los pocos años; que a ser otra cosa... ¡caramelo!

—¿A qué se refiere usted? —dije sintiendo despertarse mi amor propio y mirando al fraile con aire de desafío.

—¡Bah! Como si usted no lo supiera. Pero no soy amigo de medias palabras. Me refiero al árbol... al Tejo. ¿Más claro aún? Al batacazo que usted se chupó por escuchar lo que no le iba ni le venía.

—Cuidado, Padre... Los hábitos no dan derecho a todo... Yo...

—Usted nos escuchaba. ¿Sí o no? Nada de retóricas.

—Sí, ya que lo quiere usted saber. Sí; pero con ánimo...

—Con ánimo de oir la conversación.