XVII
Bajamos al jardín: la tarde caía ya, y no venía mal la brisa para despejar las cabezas acaloradas. Yo creía no tener ni sombra de lo que por borrachera se entiende: y sin embargo, atribuí el extraño peso que notaba en el corazón, la infinita melancolía que se apoderó de mí, a los efectos del vino, que a veces producen ese doloroso tedio, cayendo en el alma como piedras en la hondura de un pozo. Aquella gente alborotada, alegre, bromista, que tomaba la boda por fausto acontecimiento, me producía fastidio y aborrecimiento inexplicable: parecíame no haber tropezado nunca con personas tan antipáticas. Se esparcieron por la finca gozando y riendo, y yo procuré quedar a solas con mis negros pensamientos y mis lúgubres ideas. La imaginación se me ponía más turbia cada vez, cual si enorme desventura pesase sobre mí. Dirigíme por instinto a lo más retirado de la huerta, y abriendo la puertecilla carcomida que comunicaba con el soto, la crucé con ímpetu, hambriento de silencio y soledad. Una voz clara y enérgica pronunció: «¿Adónde va usted, caballero Salustio?» Por voz y frase conocí al Padre Moreno. El fraile estaba sentado en un banco de piedra, apoyado contra la tapia, y leía en un libro, ocupación que suspendió al verme.
—Aquí me vine —dijo— buscando sitio a propósito para hacer mis rezos de costumbre. Ya estaba concluyendo. Y usted... ¿se puede saber si también sale de la huerta para rezar?
—No —contesté en uno de esos ímpetus de franqueza súbita que suelen proceder de haber envasado algunas copas de vinos fuertes entre pecho y espalda—. He venido porque me aburría tanta gente, tanta bulla, tanto regocijo y tanta necedad; porque me levantaba jaqueca la alegría bestial y sin motivo.
—¡Bravo! Señor mío, ahora digo que le sobra a usted razón. A mí también me hastiaban el comedor y la comida. Es un barullo insoportable, nada tiene de particular que a un fraile le asuste; pero a usted...
—Padre Moreno, crea usted que hay días en que, convicciones aparte, le entran a uno ganas de meterse fraile y echar a rodar el mundo.
El fraile me miró, clavando en los míos sus ojos poderosos, serenos y perspicaces.
—¿De veras se le ocurre a usted eso? Pues no extrañará usted si un pobre fraile le responde que en mi opinión, ya está usted a la entrada del camino de la sabiduría, y aun de la felicidad, hasta donde cabe en la vida del hombre. Buscar la paz y el desasimiento no es virtud: es egoismo y cálculo. Crea usted, caballero, que yo no envidio a nadie... y en cambio compadezco a mucha, a muchísima gente.
El orgullo laico no se me encabritó al oir tales palabras. Después he reflexionado en que a mí debiera enojarme la compasión del fraile, compasión probablemente irónica, pues, dadas mis ideas, mi manera de pensar y sentir en cuestiones religiosas y la significación absurda que para mí tenían los votos monásticos, era yo quien debía compadecer a Moreno, y como se compadece a las víctimas del absurdo y del sacrificio inútil. Únicamente se explica mi extraña aquiescencia a las palabras del Padre Moreno, suponiendo que existe en el fondo de nuestro espíritu una tendencia perpetua a la abnegación, a la renunciación, por decirlo así, tendencia que se deriva del subsuelo cristiano sobre el cual reposa nuestro racionalismo superficial. Se me ocurría en aquel momento de depresión: «¿Cuál es mejor, Salustio? ¿Seguir estudiando, acabar la carrera, ejercerla, casarse, cargarte de hijos, sufrir las impertinencias y los rozamientos de la vida, aguantar todo lo que forzosamente ha de traer consigo, dolores, desengaños, conflictos y peleas, o pasártela como éste, que en un día de boda coge su libro y se viene a rezar al bosque?»
—Sí que compadezco a muchos —prosiguió el Padre cogiéndose de mi brazo con familiaridad y llevándome, al través del soto, hasta un pradito que limitaba un vallado vestido de parietarias y flores silvestres—. A las gentes que juzguen... así, nada más que por la superficie, les parecerá que hoy, en medio del bullicio, puedo experimentar algo de envidia, considerando mi estado, tan diferente del de los casados ¿eh?... Pues le aseguro (y usted no creerá que le digo una cosa por otra, pues ya sabe que mi carácter es muy franco) que más bien parece como si me inspirasen los novios una especie de lástima, al pensar en... vamos, los trabajos que les esperan, por más felices que usted me los suponga: aunque Dios les reparta a manos llenas cuanto se entiende por dichas.