Yo no sabré decir cómo era el menú de aquella pesada comida. Me parecía que iban saliendo todos los platos que en libros de cocina figuran, y que la torpeza de los criados, su inexperiencia en servir, prolongaban el convite indefinidamente. Lo más difícil de sujetar a inventario serían los postres, los licores, los vinos, los infinitos pasteles, los amazacotados dulces de Pontevedra, las tartas enviadas por Fulanito y Menganito, allí presentes, y a quienes no se podía desairar.

Bebí cinco o seis copas de champaña; pero no me produjeron otro efecto sino un recrudecimiento del espíritu batallador que me había inducido a provocar a Pimentel. Me sentía guerrero, agresivo, quijotesco, deseoso de armarla con todos y contra todos. Y bajo aquella efervescencia singular, notaba el latido sordo de una pena muy recóndita, especie de nostalgia de algo que me parecía haber perdido. No acertaría a explicarlo: era de esos sentimientos sutiles y punzadores que a veces no corresponden a las necesidades profundas de nuestra alma, sino a ciertos antojos de la fantasía, defraudados por la realidad. La novia —a quien miraba de cuando en cuando a hurtadillas— tenía el semblante abatido y fatigado; probablemente no era sino cansancio del largo festín, pero a mí se me figuraba que era tristeza, la amargura del cáliz, el antesabor de las hieles del trago... ¿Y por qué no? ¿No existía la conversación en el árbol? ¿No me constaba que mi tío le inspiraba repugnancia indefinible, y que sólo por cumplir un deber moral, el imperativo categórico de su fe, se había acercado al ara, verdadera ara de sacrificio? Yo quería a toda costa penetrar en su alma, ver por dentro aquel espíritu doliente. ¿Qué pensará? ¿Qué esperará? ¿Qué temerá la blanca novia?

Entretanto el champaña, que a mí sólo me había exaltado la imaginación, surtía sus efectos por la mesa, y no faltaban caras sofocadas, ojos que echaban chispas, voces algo descompasadas e injustificadas locuacidades, excesivas y vehementes, risotadas de alto diapasón y efusiones sin causa. Castro Mera estaba empeñado en defender las excelencias del derecho; un señorito de San Andrés desafiaba a otro de Pontevedra a quién se bebía más curasao; el ayudante de Marina disputaba con el alcalde sobre aparejos de pesca prohibidos; Serafín reía convulsivamente, porque Viñal sostenía con gran tesón que él poseía documentos comprobantes de cómo Teucro había fundado a Helenes, y hasta se jactaba de conocer el sitio en que Teucro podía estar enterrado. El señor de Aldao determinó levantar la sesión diciendo a los convidados que no se molestasen, que él iba a enseñarle a Pimentel la finca y a tomar un poco el fresco. Fuéronse la novia del brazo de Pimentel y el novio y suegro muy compinches.

Con su marcha, la animación de la mesa subió de punto, y la algarabía fué tal, que allí no se entendía nadie. Unos disputaban, otros reían, otros argüían descargando puñadas sobre el mantel, ya manchando de vino y salpicando a trechos del huevo hilado que se caía de las tartas o de pedazos de fruta en dulce. En los platillos se derretían fragmentos de queso helado, mezclados con ceniza de cigarro. No se comía; sólo se bebía, haciendo gasto extraordinario de licores y vinos dulces. El señorito de San Andrés, el de la apuesta, había tenido que asomarse a tomar el fresco en la ventana, y en cambio el de Pontevedra, impávido a pesar de la prodigiosa cantidad de copas sorbidas, se entretenía ahora en sacar de sus casillas a Serafín. Ya le había hecho beber cantidad de anís del Mono, y ahora se entretenía en echarle, por un barquillo puesto a manera de embudo, Jerez y Pajarete, todo mezclado.

El monago protestaba unas veces, tragaba otras y en su rostro pálido y desencajado notábamos los efectos del alcohol. Hubo un momento en que se formalizó, y gritando con voz becerril: «No más, no me da la gana, cebolla, piñones, quoniam, ¡que no soy esponja!» rechazó la mano y el Jerez vino a caerle sobre el pecho, empapándolo. De repente su palidez se convirtió en rubicundez apoplética, y subiéndose encima de la silla, dió en perorar.

—Señores, hago muy mal en estarme aquí. Bien empleado que me ahoguen con Pa... Pajarito... o con otro veneno liberal. Ustedes son liberales; la primera se prueba per se... per se...

—¡Per ! —chillaron Castro Mera y el ayudante.

—El ser liberal constituye un pecado mayor que ser homicida, adúltero o blasfemo... Esta segunda lo pruebo con Sardá y los Padres de la Iglesia en la uña... Luego yo, que bebo Pajarito con ustedes... ¡estoy incurso en excomunión mayor latæ setentiæ! ¿No sabéis lo que dijo un pájaro gordo en la jerarquía eclesiástica? ¿No lo sabéis, piñones? ¡Gui, gui! Pues dijo: «Cum ejus modi nec cíbum sumere». ¿Eh? Me parece que bien claro lo cantó. «Cum ejus modi nec Pajaritum su... sum...»

Yo le miraba con curiosidad. No podía dudar que por momentos aquel escuerzo era sincerísimo en sus alharacas, y que salía de su pecho a borbotones un sentimiento real. Se creía el monago nada menos que un apóstol y hablaba amenazándonos a todos con los puños cerrados. Sus gritos fueron haciéndose muy roncos; su garganta se apretó, y sus ojos, como dos bolas blancas, salieron de sus órbitas. Después de una gesticulación frenética, pasando de la elocuencia que demuestra a la violencia que contunde, enarboló la botella que tenía delante y nos amenazó con tirárnosla a la cabeza. Lo que encendía su furor eran ciertos proyectos de procesión cívico-política de Pimentel. Aquello le sacaba de quicio. ¡Extraños efectos de la curda! Tan borrego como parecía el pobrete aprendiz de teólogo cuando se encontraba en su estado normal y libre de la influencia de los espíritus parrales, tan belicoso y propagandista se volvía bajo el influjo del alcohol. Nos dijo a todos horrores y se desató principalmente contra Sotopeña. Ví el instante en que todo aquello se iba a poner feo; porque Castro Mera, algo alumbradillo, también, emprendió a voces y manotadas la defensa de las ideas políticas que atacaba el cleriguín; y como éste respondiese con desaforadas invectivas, o por mejor decir, injurias manifiestas, de repente le ví espumar por la boca, oí su risa timbrada por la insensatez, y noté que sus puños se crispaban y que sus dedos errantes buscaban al través de platos y copas un arma, un cuchillo. Refrené a Castro Mera, diciéndole por lo bajo: «Es un ataque de epilepsia como una casa.» En efecto, Serafín se retorcía ya entre los brazos de los que pretendían sujetarle. Con fuerza hercúlea, o más bien con formidable tensión nerviosa, momentánea virtud del aura epileptiforme, a patadas, a mordiscos, a puñadas, defendíase lo mismo que una fiera, y hubo momentos en que creímos que podría más que todos nosotros juntos. Al fin logramos atarle las manos con una servilleta; le inundamos de colonia, de agua fría, de vinagre; le cojimos por los pies y por los hombros, y no sin trabajo le subimos a la torre y le echamos sobre su cama, sumido, al parecer, en una modorra que interrumpían a veces cortos espasmos.