El cura de San Andrés, desde un rincón, lanzó tímidamente:
—Claro que era francés. Como que fué el que pacificó a Francia después de la Commune.
Dirigiendo la vista alrededor para juzgar del efecto de mis palabras, ví el rostro del señor de Aldao que expresaba desaprobación y sorpresa; el de mi tío, sofocado de cólera, y el del Padre Moreno, alegrado por una picaresca sonrisa. Pimentel replicó:
—Desde luego que era francés... No se trataba de eso, me parece... Decíamos que la opinión inglesa... porque no hay duda, Inglaterra es el país del self... del self governement, como demostró con mucho acierto el distinguido Azcárate... y nosotros... nuestra idiosincrasia... Implanten ustedes aquí lo que en naciones más... No resultará viable: porque todo gobernante ha de tomar muy en cuenta las tendencias ingénitas de la raza...
—Todo eso es palabrería —argüí—. Generalidades que nada prueban. Concretemos, si usted gusta. No tratamos de razas. Se habla de la república española, con la cual el que más y el que menos de los que hoy mandan tenía adquiridos compromisos, y que entregaron por treinta dineros como Judas. ¿Harían otro tanto si la Restauración no les hubiese abierto el presupuesto de par en par?
Sólo comprendí la impertinencia de mi agresión al oir a Serafín que, batiendo palmas, exclamaba con destemplado chillido:
—Por ahí, por ahí... Gui guii. ¡Por ahí duele!
Pimentel, limpiándose el bigote con la servilleta, se volvió hacia mí, y en lugar de responder enojado, me dió la razón sonriendo.
—Es muy cierto, señor Meléndez. El tacto de la Restauración al aceptar los elementos revolucionarios, ha hecho viable lo que acaso en otras circunstancias...
Interrumpió el período la llegada del alcalde de San Andrés; a quien traían medio arrastras los dos comisionados del joven personaje. Todos debían de haber subido muy aprisa la cuesta, porque venían sofocadísimos. El alcalde sudaba a chorro y se limpiaba las mejillas con un pañuelo enorme. Tartamudeó algunas frases para decir que él «no se consideraba llamado a sentarse en tal banquete», y Pimentel, hecho un azúcar, le apretó la mano, le buscó sitio a su lado, no perdonando medio de captarse la voluntad del adversario político.