La excitación de mis nervios me impulsó a llevar la contraria al pacífico erudito. Yo también me sentía inclinado a la censura agria y pesimista. Lo que me irritaba era el aspecto de mi tío, rebosando satisfacción, haciendo la corte a Pimentel más que a su novia; brindándole la función, «¡Gente rastrera! —pensaba yo—, si queréis inclinaros, inclinaos enhorabuena ante el Padre Moreno, que representa el sacrificio de la vida en aras de una idea; ante esa recién casada, que personifica la virtud y el deber, pero no ante el que reparte la sopa boba... También a mí me entran ganas de desahogar. Serafín no va descaminado.»
No sabiendo cómo desahogar mi impaciencia, y sin hacer caso de Viñal, que me tiraba de la manga, aproveché la primer coyuntura para contradecir a Pimentel. Creo que fué a propósito de Pí, de las utopías y de las cosas viables o no viables. Causó general asombro el que me atreviese a alzar la voz de tan inconsiderada manera, y mi tío me miró con una expresión que redobló mis bríos.
—¿Que no es viable la república aquí? ¿Y por qué, vamos a ver? Lo que no puede prolongarse es la anarquía mansa en que vivimos... Padecemos los inconvenientes de la monarquía, y no gozamos sus ventajas. No hay cohesión, no hay unidad, y las costumbres políticas han llegado a relajarse de tal modo, que el hombre de Estado que aspira a dar ejemplo de moralidad, se pone en ridículo, y el que tiene convicciones, ídem.
Pimentel se volvió hacia mí, respondiéndome con calma y cortesía:
—Lo que usted desea, y que en el fondo todos deseamos, en otras razas, en razas del Norte, ¡pssch! podría ser; pero aquí, con la sangre árabe que llevamos en las venas y nuestra eterna indisciplina... ¡oh! imposible, imposible...
Nadie más ardiente defensor de las libertades que él, conocidos eran sus sacrificios... (todo el mundo asintió) pero no confundamos, señores... no confundamos, señores, la anarquía y la licencia con la libertad justa, racional, viable. Los países del Norte producen hombres de Estado porque las multitudes están educadas ya para las libertades políticas, es una transmisión hereditaria, digámoslo así; hereditaria. Y si no, vean ustedes las teorías de Thiers, la opinión inglesa...
No sabiendo por dónde salir, me agarré a Thiers como quien se agarra a un clavo ardiendo.
—Será la opinión francesa, señor mío. Porque usted no ignorará que Thiers...
Hice de propósito una pausa durante la cual mi adversario me miró con cierta ansiedad.
—Que Thiers era francés.