Después de reflexionar un momento, añadió Pimentel:

—Que vayan a buscarle dos... Que lo traigan por fuerza si es preciso. Con que llegue a los brindis...

Levantáronse dócilmente Castro Mera y el ayudante de Marina, y bajo un sol abrasador salieron camino de San Andrés, a fin de traernos el elemento refractario.

Mientras servían la sopa, el ahijado del Santo hablaba a media voz con el novio, pero de manera que sus palabras produjesen impresión en el público.

—Cánovas se ha hecho imposible... Tiene contra sí a la opinión sensata... La Regencia no es viable con él... Una situación conservadora no sería viable...

Se me figuró, no sé por qué, que algunos de los presentes no comprendían el sentido de la palabra viable; pero en fin, se daban cuenta de que no ser viable era cosa mala y perjudicial en grado sumo para Cánovas; y cuando Pimentel dijo que los de Pí eran un partido utópico, eso sí que lo entendieron muy bien y hubo murmullos de aprobación a la redonda.

Yo apenas oía. Estaba en el Tejo, valsando, sintiendo a cada vuelta cimbrearse el piso y temblar con prolongado susurro el ramaje verde... Al segundo plato fué preciso salir de mi abstracción, porque el aprendiz de clérigo, sentado a mi izquierda, salió por el registro de pellizcarme, empujarme el codo y oprimirme el pie a cada palabra que Pimentel decía. No sé qué hierba habría pisado el tal Serafín: acaso los dos vasitos de rico tinto del Borde que se atizó al tragar la sopa, estimularon su empobrecida sangre y le sacaron de su infantil sosera, convirtiéndolo en satírico mordaz: lo que afirmo es que al par de los codazos y pisotones, dió en soltarme observaciones tremendas, dignas de un Juvenal con sotana.

—Mire —me decía pasito—, ¿qué le parece, Salustio? ¿Qué me dice de la poca vergüenza que tenemos los gallegos? Dejamos desierto el templo del Señor, y adoramos al becerro de oro... ¡Fecerumque sibi deos aureos! No van en Romería a Nuestra Señora de las Nieves... y van al Santo de las naranjas por mamar destinos, por chupar turrón... Van todos, ni uno falta... Quien no va de vivo irá de muerto... Usted no escapa. Ya le rezará al Santiño milagroso. Y si no le reza... más que invente puentes imánticos o carreteras eléctricas... maldito el caso que sus paisanos le han de hacer. ¿Quién le manda no ser Santo también, tonto?

Afortunadamente la extensión de la mesa, el número de los convidados y el zumbido de las conversaciones impedían que se oyesen los disparates que ensartaba el mico eclesiástico; pero yo no pude contener la risa al notar el azoramiento de D. Wenceslao Viñal, colocado a mi derecha. Acababa el Santo de obrar uno de sus milagros con el bienaventurado arqueólogo, otorgándole un sueldecillo de bibliotecario de la Diputación, y el terror más profundo se pintaba en sus espantados ojos. ¡Si Pimentel oía aquellas barrabasadas y se las atribuía a él! A pesar del habitual sonambulismo de los ratones de biblioteca, Viñal aguzaba las orejas advirtiendo el riesgo horrible que corrían sus benditos seis mil reales...

—Salustio —suplicó angustiado—, haga callar a ese majadero... Está poniéndonos en evidencia... Por las benditas ánimas...