—¡Toma, sobrino! —exclamó deteniéndose— y no vuelvas a esconderte en los árboles.

Guardé el ramo como el ladrón la robada presea, y miré a mi tití, calando la mirada hasta el fondo de los ojos. No me pareció notar en ella severidad ni cólera al hacerme aquella franca declaración de haber sorprendido mi diablura. Un poco de pudor alarmado se veía, sí, en sus pupilas; pero este continente grave lo templaba la media sonrisa y la animación de su rostro, encendido por el movimiento del vals. Por mi gusto, el tal baile no se concluiría nunca. Silencioso ya, porque la fuerza de mis sentimientos me ataba la lengua; arrebatado al quinto cielo, incapaz de reprimirme, debí de apretar convulso la delgada cintura... pues de improviso se detuvo mi tití, y con rostro demudado y voz firme, pronunció:

—Basta.


XVI

No nos sentamos a la mesa hasta las tres de la tarde. En el comedor apenas se cabía; lo ocupaba casi todo la inmensa mesa en forma de herradura, guarnecida por simétricos jarrones con flores y ramilletes de dulce. Yo no sé cómo había ido reuniéndose gente y más gente en la boda: los convidados pasábamos de treinta. Había allí mucho señorío de San Andrés, mucho cura, mucho médico, el ayudante de Marina, dos o tres propietarios rurales, alcaldes, caciquillos, señoritas, amigos políticos de mi tío, y hasta el buen D. Wenceslao Viñal, que se colocó a mi lado por gusto de tener a quien hablar de sus chifladuras arqueológico-históricas.

Lupercio Pimentel, el ahijado de D. Vicente Sotopeña, ocupaba el puesto de honor a la derecha de la novia. Era apuesto, correcto, bien hablado, cordial y bromista al modo que lo son los políticos de este período actual, que reemplazan la influencia de las ideas y los principios con la de las simpatías personales que suman incesantemente. Desde que empezó la comida, noté que no perdía ripio, que trataba de atraerse a aquel auditorio, a aquellos elementos, como diría él. Tendió la vista en derredor, e inclinándose hacia mi tío por encima del hombro de la novia, le oí que murmuraba:

—Y el alcalde de San Andrés, ¿cómo no está aquí?

—Verá usted... —respondió mi tío—. Le tenemos tan de esquina con nosotros...

—Por lo mismo, por lo mismo. Conviene que luego el amigo Calvete le ponga entre los convidados —añadió señalando al director del Teucrense, que se inclinó lisonjeadísimo.