—Bueno —murmuró ella como el que accede al antojo de un niño.

—¡Qué santa eres! —exclamé con delirio en voz baja y honda.

Dimos algunas vueltas. Nos mareábamos de girar en aquel sitio tan estrecho. Ella se detuvo un instante. Entonces la pregunté:

—Tití, ¿piensas bailar más en tu vida?

—No. Este es el último vals. Las casadas no bailan.

—¿El último?

—De seguro.

—Pues dame, por Dios y por la Peregrina, ese ramito de azahar. Dámelo.

—¿Para qué lo quieres?

—Dámelo... Si no, haré cualquier estupidez.