No dejaron de persuadirme las observaciones del discretísimo orensano. Cuando menos, me indujeron a meditar sobre el problema de mis entusiasmos locos. En efecto, el pensar y el sentir de mi tití, eran radicalmente opuestos a los míos: yo no creía en nada de lo que ella reverenciaba: su moral difería de mi moral: la palabra deber en nuestros labios tenía diferente significación, y sin embargo, me atraía más hacia ella esa disparidad de ideal, como al blanco le atrae a veces el color cetrino de la mulata, y a la ardiente gitana el dorado cabello del inglés. ¿Acertaba Portal al decir que nosotros estábamos sin hembra propia y nos convenía buscarla, hacerla a nuestra imagen para que nos comprendiese y su cerebro funcionase a compás del nuestro? O al contrario, ¿era mayor atractivo la picante oposición de las almas y el tener yo en la mía cámaras obscuras donde, como en la de Barba Azul, le estaría a ella siempre vedado penetrar? ¿Por qué exaltaba yo a aquella mujer, viendo en ella la perfección misma del tipo femenil? ¿Por qué su sacrificio, que en mí me parecería absurdo, en ella se me antojaba sublime?
«En lo que acierta Luis», resolvía yo definitivamente, «es en que conviene estudiar, y que el drama interior es enemigo del trabajo». En efecto, cogí libros para repasar un poco aprovechando el ocio de las vacaciones, y al concentrar mis facultades y aplicarlas a las inflexibles matemáticas, trabábase en el campo de mi mollera descomunal batalla, que yo llamaba en mi lenguaje íntimo, la guerra entre las rectas y las curvas. Las rectas eran las ecuaciones, los polinomios, los teoremas, los problemas de secciones de ángulos y otras demoniuras semejantes; las curvas, los ensueños amorosos, las antipatías judáicas y toda la pícara ebullición de mi fantasía moza. Al principio las curvas llevaron la mejor parte, pero la táctica y precisión de las rectas acabó por imponerse a aquel indisciplinado ejército, que se replegó en el peor orden posible hacia el corazón, último refugio.
Ya se acercaban a su término las vacaciones cuando recibimos una visita inesperada. El intransigente Serafín vino en persona, sin asomo de hiel ni de rencor, sobón y pegajoso lo mismo que un perrito, a instalarse en la Ullosa: yo no pude recordar que le hubiese convidado, y mamá juraba que tampoco. Le acogimos sin ceremonia, y desde el primer día le dedicó mi madre a recortar espalleres, recoger fruta y echar pitanza a los pollos, tareas que él desempeñaba gustosísimo. Cuando nos hablamos sin testigos, lejos de mostrarme el más mínimo enfado, me soltó un estrecho abrazo, me hizo cosquillas y se soltó a barbarizar, a su estilo de orate. «¿No sabe?» preguntó afectuosamente. «Así que usted se largó yo me desaté. Si me pillan amarrado, buena la hacíamos. ¡Qué guasa! Lo de mirar no estaba bien. Pero era guasa, era pavita. El Pajaritum tenía la culpa. Los novios, a Pontevedra aquella misma tarde. Ahora andan por allá muy majaderos, luciendo las galas; el Santo les ha obsequiado con una gran comida en el Naranjal; hubo sesos de contribuyente fritos; y cola de litigante en escabeche... De postres, turrón; como que ya la casa de su tío está alquilada para oficina de Correos. ¿Eh? ¡Guí, guí! Al señor de Aldao le ha venido no sé qué cruz, con mucho tratamiento de perliquitencia... ¿Y no sabe lo bueno? ¿No ha leído de la irrisión, digo, de la procesión de la Divina Peregrina? Me pasmo de que no cayese sobre ella fuego del cielo, según dijo el otro: Pluit super Sodomam et Gomorrham sulphur et ignem a Domino de cœlo. Hombre, ¿cómo no fué a Pontevedra ese día? Otra igual, ni en veinte años. Hasta los periodiqueros y los masones alumbraban. Le digo que sí. Y luego el Teucrense le llamó a la procesión festival. ¿Qué es festival? A modo de saturnal, sin duda». Después, bajando la voz, añadió: «También un obispo papaba moscas allí, y no por amor de la Peregrina... Pero no se pasme de eso. Nestorio fué obispo de Constantinopla. ¿Y quién promovió el cisma de aquel grandiosísimo cerdo del rey de Inglaterra, sino otro gorrino de obispo hereje que se llamaba Crémor o Cremer...? Déjeme de obispos. La Iglesia la hemos de regenerar solitos el Papa y los clérigos... digo, no, los aprendices de clérigo y unos cuantos laicos de agallas... mande lo que guste la Encíclica Cum multa».
Le aseguré que no sabía lo que podía mandar semejante Encíclica, y le pregunté por Candidiña como al descuido. «¡Uy! Buena pieza... guí, guí. Ahora, solita con el viejo... Lo ha de volver del revés». Hablóme también del Padre Moreno, y supe que el fraile moro, terminados sus baños de mar, pensaba pasarse dos días en la Ullosa.
En breve se confirmó el anuncio y apareció el Padre, todo empolvado de su larga jornada en diligencia. Mi madre, que le quería mucho, le recibió al pronto con cierta frialdad: no podía perdonarle el haber bendecido la boda. Yo, en cambio, extremé la cortesía. Hubiese deseado poder decirle a Aben-Jusuf: «Aquellos delirios pasaron. Se me ha deshinchado el sentimentalismo. ¡Si viese usted qué bien me encuentro! Lo mismo que quien se aplica un remedio para curar una neuralgia, y lo consigue. Mi dolor de muelas amoroso ya cesó. Me parece increíble haber sido aquel que por poco se desnuca arrojándose de un árbol, se envilece espiando, se tira al mar en una noche de bodas o le pide a usted el hábito de novicio. Aquí tiene usted a un muchacho formal, alumno de Ingenieros e hijo de Benigna Unceta, señora muy práctica. Estoy sano». Si no fué esto mismo, algo muy semejante le indiqué en un paseíto que el fraile y yo nos dimos por los montes. Recuerdo que él se mostró sinceramente satisfecho, y debió de contestarme lo que verán ustedes.
«Óptimamente, pero no fiarse. Los calenturones del corazón no duran como dan, ¡Dios nos asista!, sólo que repiten. Y repiten por culpa nuestra, que nos llegamos al fuego. En esa lotería se pagan aproximaciones. No aproximarse. Respetuosa distancia. Cordón sanitario. Si hace usted otra cosa, no le tendré por hombre honrado».
Mutatis mutandis, así se expresó el Padre Moreno. Pasados los primeros instantes, mi madre, que tiene corazón de oro e instintos hospitalarios, le trató con agasajo, empeñándose en alimentarle bien y a todas horas, hasta el extremo de que el fraile se sublevase cómicamente. «No más pollo, aunque usted me emplume... Ni más pisto... ¡Qué señora! Alma de almirez, corazón de dátil, ¿quiere que yo reviente aquí? Usted mande en su polisón, señora, que yo mando en mi estómago...» Poco duró el exagerado obsequio gastronómico; a los dos días, el Padre se nos marchó a su convento, dejándonos un gran vacío. Había espirado también su temporada de vacaciones y el permiso del superior para bañarse y atender a la salud, y el moro con sayal se volvía resignadamente a su tétrico retiro de Compostela, donde, a fuerza de humedad, sudaban los muros y verdeaban las junturas de las piedras. A pesar de la entereza con que el fraile afirmó que iba satisfecho al cumplimiento de su deber, comprendí que aquel español medio sarraceno, prendado de la luz del África, debía de sufrir mucho en cuerpo y espíritu viéndose desterrado a clima tan húmedo y gris.
Le ví marchar recordando con sorpresa que le había envidiado aquel sayal y hasta aquella cadena de los votos. «A la fuerza yo he padecido este verano una especie de psicalgia. Ahora que estoy convaleciente lo comprendo». Los pocos días que faltaban ya para mi salida hacia Madrid, como no teníamos huéspedes ni gran distracción, me sepulté en la lectura de dos o tres librotes muy interesantes: obras de filosofía, entre ellas la Crítica de la razón pura, de Kant. Exento, a mi parecer, de toda engañosa alucinación, de toda exaltación enfermiza, ¡con qué puro deleite se empapaba mi inteligencia, docilitada por el estudio de las matemáticas, en la enseñanza del filósofo! ¡Con qué dulce firmeza sentía penetrar en las últimas casillas de mi cerebro aquellas verdades del criticismo, que, lejos de conducir a la escéptica negación, nos infunden sereno convencimiento de la vanidad de nuestras tentativas para conocer el mundo exterior, y nos encierran en el benéfico egoismo del estudio de nuestras propias facultades!
Cuando después de una lectura de Kant salía yo a recorrer el soto, la pradería, las modestas dependencias de la granja patrimonial, y la paz del atardecer se me infiltraba en el espíritu, me encontraba venturoso, salvado de mis locuras, encerrado en la línea recta. «Entiende y serás libre», repetía para mí con juvenil orgullo.