XX
Al saltar del vagón en Madrid, en la estación del Norte, divisé lo primero las rojas barbas y la geta repulsiva de mi tío Felipe, que me alargó la mano y llamó a un mozo para entregarle el talón de mi baúl. Después, metiéndose conmigo en un coche de punto, dió las señas de su casa: «Claudio Coello, número tantos...»
—¿No vamos a mi posada? —pregunté sorprendido.
—Verás... —respondió el hebreo con aquella dificultad de frase y contracción de rostro que acompañaban en él a la manifestación de la avaricia—. Es una tontería andar con cumplidos entre parientes... En mi casa hay un cuarto sobrante, que de nada sirve; lo ocupaban unos trastos... Es alegre y capaz... Mejor tratado que en la posada estarás, chico... Y para tus estudios, la tranquilidad que quieras.
Comprendí el mezquino cálculo. Pagarme el pupilaje tenía que costarle más, por barato que fuese, que hospedarme en su casa. Pero yo allí... En el primer momento no sé qué efecto me produjo la idea. Lo cierto es que exclamé:
—Mi tía no verá con gusto ese arreglo.
—Te diré —respondió el marido—. Al principio se le figuró que para tu objeto convenía más la casa de huéspedes... Terqueó un poco... Pero la he convencido... Ya está conforme y te espera.
Guardé silencio. Notaba la impresión desagradable que se experimenta al salir de una atmósfera templada a una corriente de aire frío. La vida en la Ullosa había sido un paréntesis, un descanso, una especie de grata somnolencia; y aquel brusco llamamiento al exterior, a la agitación y a la fantasmagoría, precisamente en el momento de reanudar los estudios, de necesitar toda mi voluntad y fuerza mental para consagrarla a mis arduas tareas, me desquiciaba. Y con todo, la juventud ama tanto el riesgo, la marejada y la tormenta, que sentí un estremecimiento de placer cuando mi tío oprimió el disco de cobre de la campanilla eléctrica, y se abrió la puerta tras de la cual estaba Carmiña Aldao.
¡Con qué temblor íntimo la saludé! Mi sangre toda giró por el cuerpo precipitándose al corazón; conocí las señales de la antigua llama, y mi lengua, pegada al paladar, casi no acertaba a articular el saludo. La esposa de don Felipe me recibió correctamente, sin mostrar ni despego ni cordialidad excesiva. Llenando sus deberes de ama de casa, me instaló en mi cuarto, se enteró de lo que yo necesitaba, me mostró varios muebles donde podía colocar libros, ropa, me dió consejos prácticos para aprovechar mejor las cuatro paredes... «Aquí pones tus camisolas... En esta percha cuelgas la capa... La mesa aquí, junto a la ventana, que podrás estudiar mejor... Mira, este es el lavabo... Ten aquí siempre las toallas... Te he buscado este quinqué de pantalla verde, que no te echará a perder la vista...»
Mientras ella explicaba semejantes pormenores, yo la miraba con tal sed de verla, que bebía sus facciones y devoraba su imagen querida. Lo que buscaba era esa revelación que, bien estudiado, encierra todo rostro de mujer casada; la cuenta corriente de la felicidad. No, no era feliz. Lo cárdeno de sus ojeras no procedía de amorosa fiebre, sino de pena oculta. Su boca no se dilataba para la risa o el halago; se recogía como la de todo luchador que mortifica solitariamente la carne o el espíritu. Sus sienes estaban un tanto marchitas. Su talle era más plano: no había adquirido la redondez graciosa y majestuosa que se advierte en las desposadas a los pocos meses de vida conyugal, aunque no sean madres. ¡No era feliz! ¡Cuánto trabajó mi fantasía sobre la base de esta suposición!